Fue el primer regalo que te hice y que a su vez compartimos, aunque el simple hecho de que aceptaras cenar esa primera noche conmigo para mi fue el primer regalo que me hiciste.
Siempre he creído en la leyenda del hilo rojo del destino, para quién no la conozca existe una antigua creencia japonesa que dice que estamos conectados a las personas que estamos destinados a conocer por un hilo rojo invisible. No importa cuánto tiempo pase o qué tan lejos estemos, este hilo nunca se rompe. Desde ese primer día, desde ese café con el resto de compañeros en que sólo sentía tu risa entre el todos, he sentido que ese hilo me guió hacia ti. Desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron, supe que había algo más allá de lo visible que nos unía. Fuimos unos locos enamorados, navegando juntos a través de nuestras propias locuras y esquizofrenia encontrando en cada risa y en cada lágrima una razón más para amarnos tal como somos. Cada encuentro, cada caricia y cada susurro parecían estar escritos en un destino tejido con paciencia y amor. No importaba nada, para nosotros, quizás para mi, la felicidad se encontraba en nuestro propio universo, donde solo existíamos tú y yo. Tú… nuestro amor, era mi refugio, ese lugar donde no necesitábamos explicaciones ni justificaciones. Era reconfortante pensar que, aunque a veces la vida parezca incierta, hay un hilo rojo que nos conduce, entrelazando nuestros corazones, hacia el lugar donde realmente debemos pertenecer: juntos y felices, sin importar lo que el mundo opine. Porque al final del día, lo único que debería haber importado es lo que sentíamos el uno por el otro, y en nuestro pequeño rincón del mundo, eso era más que suficiente.
El mío continua en el mismo lugar desde que estuvo a punto de romperse, sigue en el lugar que me hace pensar que me cuida y se asegura de que en cada viaje llegaré a mi destino, aunque el de mi corazón no sea el mismo…
Continuará…
Deja un comentario