A veces cierro los ojos e intento imaginar cómo sería mi vida si no te hubiera conocido y, la verdad es que no consigo imaginarla, porque ahora mismo todo lo que soy, todo lo que he descubierto de y en mi, todo lo que siento y todo lo que sueño, ha sido y gira en torno a ti.
Te convertiste en mi hogar sin tan siquiera darme cuenta, el lugar al que siempre quiero volver, sin importar a dónde me lleve la vida. Cada palabra que dices, cada gesto que haces, tiene un lugar especial en mi corazón. Me haces sentir… feliz sólo con el hecho de sonreírme.
Contigo aprendí que el amor no se trata solo de grandes momentos, sino de los pequeños detalles que compartir en cualquier instante cada día: tus sonrisas, tus miradas, las veces que me cogías la mano. Todo eso ha llegado a significar un mundo para mí.
Gracias por llegar aquel febrero a mi vida, por ser tú, porque durante un instante me amaste tal como soy y porque llenaste mi vida de tanta luz.
En mi cabeza y corazón, que pocas veces se ponen de acuerdo en esto de las “relaciones”, ambos opinan que mi único destino eres tú y no hay nada que desee más descubrir tu sonrisa cada día, un día más, el resto de mis días.
Continuará…
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