Y llega el momento en el que te cansas.
Te cansas de esperar, de estar siempre para todos, pero que nadie este para ti.
Te cansas de mentirte diciendo que las cosas cambiarán.
Te cansas de las decepciones, de las mentiras, de llorar, de fingir, de las promesas falsas, de todo.
Te cansas de siempre decirte a ti mismo «estas bien» cuando no es así.
Te cansas y lo peor es que nunca nadie se da cuenta de cómo eso te hace sentir.
Te cansas y dejas de esperar ese mensaje, esa llamada, un detalle, una muestra de cariño, ese abrazo que antes te calmaba, ese beso que antes te daba vida o un te amo… ya sabes que no llegará nunca pero has seguido esperándolo.
Te cansas y poco a poco las noches se hacen más cálidas y tranquilas, los días pasan sin tantos sobresaltos.
Te cansas y entiendes que al final… todo se supera, aunque aún no sepas cómo ni cuándo.
Te cansas y a veces sólo queda tener paciencia y dejar que las cosas se acomoden, hacer lo tuyo, ponerle corazón a todo y esperar que el mal momento pase.
Te cansas y, está bien. No siempre podemos con el mundo y también es válido sentarse en un rincón y dejar que amaine la maldita tormenta.
Te cansas porque duele de verdad, duele estar esperando un mensaje que nunca llegará, esperando una actitud diferente, esperando un cambio que sabes nunca sucederá, duele saber que lo mejor es irse aunque realmente quieras quedarte.
Te cansas y llegas a la conclusión de que tienes que dejar de esperar, de pensar y de buscar para comenzar a vivir sin depender del amor de nadie.
Te cansas… pero, créeme, que llegará una persona que no te haga esperar y las cosas fluirán solas.
Continuará…
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