Seguimos con piezas guardadas
“Cada noche, cuando la ciudad duerme y el mundo se sumerge en la calma, cierro los ojos y me dejo arrastrar por el susurro de mis pensamientos.
Entonces, como si mi mente conociera el camino de memoria, apareces en mis sueños, tan nítida, tan real, como si nunca te hubieras ido.
Te encuentro siempre de la misma manera: de pie, bajo un cielo infinito, con la brisa jugando entre tus cabellos y esa luz suave en tu mirada que me hace sentir en casa. No sé cómo llego hasta ti, pero no importa. Lo único que sé es que estás ahí, esperándome, con una sonrisa que me desarma y un abrazo que, aunque solo sea un reflejo de mi imaginación, me envuelve con más fuerza que la realidad.
Caminamos juntos, sin prisa, como si el tiempo fuera nuestro cómplice y la noche nos perteneciera.
A veces, recorremos senderos desconocidos, calles que no existen, pero que en mi sueño son tan reales como la vida misma. Otras veces, nos encontramos en lugares que conocemos bien, sitios donde alguna vez estuvimos juntos, donde el eco de nuestra risa sigue flotando en el aire.
Hablamos de todo y de nada, de recuerdos compartidos y de futuros que sólo en mis sueños se permiten existir. Me cuentas cosas que nunca antes habías dicho, secretos que en el mundo real quizás nunca me confiarías. Yo, a mi vez, te abro mi corazón sin miedo, porque sé que en este espacio creado por mi mente no hay juicios ni distancias, sólo la verdad de lo que siento.
En mis sueños, el tacto de tu mano es cálido, tu voz es dulce, tu presencia es inquebrantable. Es un mundo donde no hay despedidas, donde no hay silencios que duelan ni ausencias que pesen. En este universo efímero que se construye cada noche, puedo verte, escucharte, sentirte, como si realmente estuvieras aquí pero, los sueños son frágiles. Poco a poco, la realidad comienza a abrirse paso, como el amanecer filtrándose a través de una ventana. Las imágenes se desvanecen, las palabras se apagan y la certeza de tu presencia se disuelve como la niebla en la mañana. Intento retenerte, aferrarme a los últimos vestigios de este encuentro, pero no hay nada que pueda hacer.
Abro los ojos y el cuarto está en penumbra, vacío.
No hay rastro de ti, sólo la sensación persistente de que estuviste aquí, de que por un instante fuiste real. Respiro hondo y me quedo en silencio, dejando que el eco de tu voz aún resuene en mi mente, como una melodía que se niega a desaparecer.
Entonces, me consuela un pensamiento: esta noche, cuando vuelva a cerrar los ojos, regresarás a mí porque aunque la vida nos mantenga separados, aunque el tiempo nos aleje, en mis sueños siempre estás conmigo. Y mientras pueda soñar, nunca
dejaré de encontrarte.”
Continuará…
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