Hay días en los que el dolor es tan denso que casi puedo tocarlo. Se adhiere a mi piel, me asfixia, me mantiene atrapado en un presente del que no puedo escapar. Hoy es uno de esos días. Hoy es un día en el que lo único que quiero es desaparecer.
No morir. No es eso. Es algo peor: es querer existir en otro lugar, en otro tiempo, en otra vida donde todo esto no haya pasado. Donde ella y yo todavía seamos un “nosotros”, donde su mirada aún busque la mía y no la de otro. Pero no. Esa vida no existe, y en la que me ha tocado vivir, ella ya no es mía.
Es irónico. No termina de soltarme, pero tampoco me elige. Y yo, estúpidamente, sigo aquí, atrapado en la esperanza de algo que nunca volverá. Me aferro a los hilos rotos de una historia que ya no tiene continuidad, porque no quiero soltarla, porque no sé cómo hacerlo, porque soltarla significaría aceptar que todo se ha acabado.
Y no estoy listo para eso.
El problema es que tampoco puedo huir. Su presencia me persigue a todas partes. No porque la busque, sino porque la vida ha decidido que sea mi castigo verla todos los días, fingir que estoy bien, tragarme cada maldito sentimiento y actuar como si no estuviera muriendo por dentro.
Pero estoy muriendo. Un poco cada día.
Porque la veo sonreír y no es para mí.
Porque sé que sus pensamientos ya no giran en torno a lo que tuvimos.
Porque su mundo sigue girando, y el mío está detenido en el instante en que me dejó.
Me dicen que el tiempo lo cura todo, pero ¿qué pasa cuando el tiempo no tiene espacio para sanar porque la herida sigue abierta, porque el pasado sigue presente, porque la persona que te rompió sigue ahí, mirándote como si nada?
Quisiera desaparecer. Reiniciar. Olvidar. Pero no puedo. Y no sé cuánto tiempo más podré soportar esto.
Continuará…
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