Ayer fue un día que desearía no haber vivido. No porque no hiciera lo correcto, no porque no enfrentara lo que debía enfrentar, sino porque jamás debí haber tenido que hacerlo. Porque nada de lo que hice ayer debió haber sido necesario, nada debería haber ocurrido jamás.
El día comenzó en paz. Despertar junto a J, verla dormida con esa expresión de tranquilidad, sentir por un momento que el mundo era un lugar seguro. Pero qué iluso. Bastó un mensaje de WhatsApp para romper esa burbuja.
El guardia de seguridad de nuestra tienda había estado acosando a todas y cada una de mis compañeras. No a una. A todas. Durante el último mes. A plena luz del día. Frente a todos. Y nadie, ni siquiera yo, lo había visto.
Me recorrió una sensación de asco, de rabia, de impotencia. ¿Cómo se atreve alguien a hacer algo así? ¿Cómo es posible que un ser humano crea que puede tratar a las mujeres como si fueran simples objetos, sin alma, sin voz, sin derecho a sentirse seguras en su propio lugar de trabajo?
Pero lo peor no fue la noticia. Lo peor fue confirmarlo.
Durante toda la jornada fui buscando a cada una de ellas, preguntándoles, intentando que confiaran en mí lo suficiente como para contarme lo que llevaban tiempo guardando. Y lo contaban. Una tras otra. Distintos relatos, pero el mismo patrón de abuso, de repugnancia, de miedo disimulado.
Algunas lo narraban con rabia, otras con resignación. Y yo ahí, escuchando, dándome cuenta de que cada palabra me desgarraba un poco más por dentro. Porque no eran solo historias sueltas. Era un patrón, era un sistema podrido que permitía que algo así pasara sin que nadie hiciera nada.
Tomé medidas. Contacté con mis superiores. Me aseguré de que ese desgraciado no volviera a pisar la tienda nunca más. Pero eso no borra lo que pasó. No les devuelve la seguridad que les robó. No cambia el hecho de que ellas tuvieron que callar, soportar, tragar el miedo por pensar que denunciarlo podría no haber servido de nada, podrían no haberlas creído, quizás si entre ellas mismas hubieran hablado del tema se lo habrían confirmado las unas a las otras y yo lo habría sabido antes para actuar. Les pedí a todas y cada una que ante cualquier gesto en que se sientan así, hablen, que por favor lo hagan sin miedo porque yo siempre las apoyaré.
Y luego estaba ella. S.
No importa el daño que me haya hecho, no importa que ya no sea parte de mi vida de la misma manera. Si hay algo que nunca podré ignorar, es que jamás soportaré verla sufrir.
Y ella, como todas las demás, también había callado. También había soportado. También había sufrido a solas.
Sentí rabia. No contra ella, sino contra la situación. Contra el hecho de que yo, que siempre la habría defendido de todo, que aún daría lo que fuera por verla bien, por verla feliz, no tenía ni la más mínima idea de que esto había estado ocurriendo ante mis propios ojos.
El día pasó como si arrastrara toneladas de peso sobre los hombros. Y cuando por fin terminó, volví a casa. A un refugio. A ella.
J me estaba esperando. Como si lo supiera, como si supiera que no me quedaba nada dentro. Se suponía que íbamos a pasar una tarde tranquila, pero no podía guardarme lo que había pasado. Le conté todo. Cada historia. Cada decisión. Cada palabra que me había tragado durante el día.
Y ella, con una calma y una comprensión que nunca dejará de impresionarme, me ayudó a entender.
Me explicó lo que yo, como hombre, jamás podré sentir en la piel. Me ayudó a ver lo que mis compañeras habían experimentado más allá de las palabras. Y, sobre todo, me recordó que había hecho lo correcto. Que había actuado como debía, que no debía cargar con una culpa que no era mía, que lo importante no era lo que ya había pasado, sino lo que podía hacer para que no volviera a ocurrir.
Y después, simplemente… existimos. Cenamos como si lo hubiéramos hecho mil veces antes. Nos tumbamos a ver una película. Nos abrazamos y nos quedamos dormidos así, sin decir nada más.
Hoy, al despertar con ella entre mis brazos, después de todo lo que había pasado, sentí algo diferente. Algo que lleva días creciendo en mí sin que lo pueda evitar. Algo que me da paz, pero también me agita. Algo real. Algo nuevo. Algo que empieza a importar más de lo que me atrevo a admitir.
J, no sé si alguna vez podré agradecerte todo lo que estás haciendo por mí. Pero lo intentaré, todos los días. Gracias por ser mi refugio en este mundo enfermo.
Continuará…
Deja un comentario