Me di cuenta demasiado tarde. Me di cuenta cuando ya estaba roto, cuando ya no tenía fuerzas para seguir intentando sostener lo que tú misma empujabas a la deriva.
Durante demasiado tiempo, me trataste lo justo y necesario para que no me alejara. Ni demasiado bien para que pensara que todo iba bien, ni demasiado mal como para que me atreviera a irme. Sólo lo justo. Sólo lo suficiente.
Cuando querías tenerme cerca, me dabas una sonrisa. Cuando sentías que podía escaparme, me mostrabas un atisbo de cariño. Un pequeño gesto, un mensaje a medias, un “no quiero dejar de verte porque me importas” que nunca significaba realmente que me querías a tu lado, sólo que no querías que me fuera del todo.
Y cuando, agotado, me apartaba para respirar, cambiabas tu forma de tratarme porque, según tú, yo era quien se alejaba.
Pero no. No era yo.
Fuiste tú la primera en empujarme fuera.
Primero, durante la relación.
Cada vez que algo te molestaba, cada vez que algo no te cuadraba, cada vez que, por la razón que fuera, sentías que algo no iba bien, me echabas de nuestra casa.
Me pedías que recogiera mis cosas. O directamente lo hacías tú. Me decías que me marchara, que me fuera.
Y yo, como alguien que solo sabía interpretar el mundo de manera literal, lo hacía.
No porque no te amara. No porque no me importaras. Sino porque tú misma me habías dicho que me fuera.
Pero luego, cuando lo hacía, cuando respetaba lo que habías pedido, cuando asumía que, por más que me doliera, tenía que marcharme… entonces también estaba mal.
Porque ahora, según tú, no estaba luchando por la relación.
Según tú, si me marchaba era porque no me importabas. Porque si realmente te amara, me quedaría. Aunque tú me hubieras echado. Aunque fueras tú la que me estaba empujando a la puerta.
Así que, ¿qué se suponía que debía hacer?
Si me quedaba, era invadirte. Si me iba, era no luchar. Nunca había una opción correcta. Nunca había un camino que no terminara en mi culpa.
Y cuando la relación terminó, cuando oficialmente ya no éramos nada, cuando en tu vida ya había otra persona que no era yo… lo volviste a hacer.
Me volviste a empujar fuera, y luego me reclamaste por haberme ido.
Cuando intentaba alejarme porque no podía seguir así, porque me estaba consumiendo, porque necesitaba cerrar de una vez por todas lo que tú nunca te atreviste a cerrar del todo, tú encontrabas la manera de hacerme volver.
Llegabas a trabajar con mala cara. O medio llorando. O dejando claro que algo iba mal, con cualquier tipo de problemas: con la familia, con tu pareja, con el casero, con cualquier cosa… pero problemas que, yo pudiera ayudarte de alguna forma en la que me viera a mi mismo validado por ti.
Porque ahí estaba tu verdadero juego.
No me querías de vuelta en tu vida. No realmente.
Sólo me querías lo suficiente para no perderme del todo. Para saber que, si algo fallaba en tu mundo, yo seguiría ahí para sostenerlo o ayudarte a hacerlo. Los dos sabemos que eres lo suficientemente fuerte para no necesitar a nadie pero cuando yo lo hacía conseguías que me sintiera bien y que volviera a apegarme a ti.
Y entonces llegaban los mensajes.
Que era el mejor.
Que no querías que desapareciera.
Que era muy importante para ti.
Que, aunque todo hubiera cambiado, no querías perderme.
Y yo, otra vez, volvía.
Volvía porque esas palabras tocaban exactamente las heridas que tú misma habías dejado. Porque sabía lo que era sentirme invisible y no quería hacerte sentir lo mismo porque para mi lo más importante en mi vida desde que te conocí es que tú fueras feliz y estuvieras bien, por encima de cómo me sintiera yo.
Pero nunca era suficiente. Porque en cuanto volvía a estar cerca, en cuanto volvía a estar disponible, en cuanto volvía a ser “seguro” para ti… me soltabas otra vez.
Porque de eso se trataba todo, ¿no? De no perderme, pero tampoco que volviéramos a tenernos.
Pero ahora todo es distinto.
Ahora hay alguien que no me suelta cuando el camino se vuelve difícil. Alguien que me mira con la certeza de que quiere estar aquí, no porque me necesite, sino porque me elige.
Ahora, J ha llegado sin exigencias, sin condiciones, sin celos del pasado, sin la necesidad de validaciones constantes. No busca que le demuestre nada, porque simplemente confía en lo que somos. No necesita retenerme con promesas vacías, porque su manera de estar ya lo dice todo.
J no me quiere a medias. No juega a hacerme dudar, no mide el cariño para que no me sienta demasiado seguro ni demasiado perdido. Ella simplemente está. Y eso, después de todo, es la mayor prueba de amor que alguien puede darme.
Quizás nunca te diste cuenta, o quizás sí y simplemente te dio igual. Pero si alguna vez te preguntas por qué ya no estoy ahí, la respuesta es sencilla: primero porque tú me echaste y segundo porque alguien me esta demostrando que quiere estar por ser quién y cómo soy.
Y por primera vez en mucho tiempo, no tengo miedo de seguir adelante. Porque esta vez, no camino solo.
Continuará…
Deja un comentario