Ayer fue un día largo. Largo en kilómetros, largo en emociones. Y, sin embargo, ha terminado siendo uno de esos días que uno guardará para siempre en la parte más luminosa de la memoria.
Al salir del trabajo, puse rumbo a Madrid. Iba cargado de ilusión, sí, pero también con algo de miedo. La ciática me lleva persiguiendo toda la semana, y mi mayor temor era que terminase empañando nuestra primera escapada juntos. Llevaba días pensando que quizás me la estaba cargando incluso antes de empezar. Que lo que habíamos planeado —subir a los lagos de Covadonga, hacer rutas, movernos— ya no tenía sentido. Y eso me dolía, porque era nuestro primer plan, nuestra primera pequeña aventura fuera de todo.
Pero, como tantas otras veces en estos días, J volvió a sorprenderme. Volvió a adelantarse a mis pensamientos. Sin necesidad de que le explicara nada, sin que tuviera que poner en palabras mis preocupaciones, ella ya había cambiado los planes. Asturias podía esperar. Lo importante, dijo, era que estuviésemos bien, que estuviésemos juntos. Y de repente, todo ese lastre emocional, ese “voy a estropearlo todo” que me acompañaba en silencio, se disolvió de un solo golpe.
La tenía todo preparado. Solo faltaba una ducha. Y sí, me invitó a compartirla. Como si al cambiar el rumbo, todo el tiempo de repente nos perteneciera.
Durante el trayecto en coche, la música nos fue haciendo compañía mientras nuestras miradas decían mucho más que las palabras. No hablamos demasiado, pero tampoco hizo falta. Me sentía lleno, sereno, afortunado.
Cuando llegamos, solté una pequeña sorpresa que llevaba preparada: una cena improvisada con mantel rojo, velas y música suave. Ella recogió cuando terminamos porque no quería que me forzara con la pierna, y después nos sentamos frente a la chimenea, con ese calorcito envolvente que hace que el cuerpo se relaje y el alma se suelte. Y allí, frente al fuego, empezó todo lo que más me conmovió.
Le leí lo que había escrito en el coche, y cuando terminé, vi en sus ojos una lágrima que no era tristeza, era emoción. Y cuando se acercó a besarme… fue uno de esos besos que no se olvidan. No por el gesto en sí, sino por todo lo que contenía. Era un “te entiendo”, un “te siento”, un “estoy aquí y no me voy”.
Después, hablamos durante horas. De la vida, de nuestras heridas, de lo que arrastramos sin quererlo. Nos abrimos sin defensas, sin necesidad de aparentar. Fue uno de esos momentos que construyen cimientos. Que hacen que todo lo que venga después tenga sentido.
Ella no quiso adelantarme los planes que tiene preparados para hoy. Quiere que todo sea sorpresa. Y, sinceramente, creo que voy a hacer lo mismo la próxima vez. Porque en este viaje no necesito tener el control de todo. Solo necesito tenerla a ella.
Me está haciendo sentir amado. Y no lo digo con ligereza. Lo digo con esa mezcla de miedo y alegría que aparece cuando algo es demasiado bonito y uno ya ha pasado por demasiadas cicatrices. Pero si hay algo que estoy aprendiendo estos días, es que hay fuegos que no queman… abrigan. Y hay miradas que no juzgan… te curan.
J está logrando eso. Y yo, poco a poco, empiezo a sentir que tal vez… por fin… también merezco esto.
Continuará…
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