Hoy ha sido uno de esos días en los que no pasa “nada” extraordinario, y sin embargo… lo es todo.
El mal tiempo no permitió que hiciéramos ningún plan al aire libre, pero mi pierna, que aún sigue resentida, lo agradeció. La mañana comenzó con calma. Mientras J seguía dormida con esa paz que me encanta ver en su rostro, aproveché para escribir un par de entradas en el blog, como si el día empezara en equilibrio.
Después salimos a hacer unas compras. Algo sencillo para comer y algo especial para la cena. Cocinar me da paz, me relaja, me conecta con lo que siento, y si además puedo lucirme un poquito, mejor. Esta vez, tuve como pinche a J, que no solo lo hace todo más fácil… también más bonito.
Visitamos un spa, nos dimos un masaje y volvimos a la casa a descansar. No hizo falta más. No necesitamos grandes planes ni recorridos. Solo estar juntos. A veces, la verdadera aventura está en eso: en saber compartir el silencio, el descanso, los gestos cotidianos.
Ya por la tarde, retomamos la conversación que quedó pendiente anoche. Le mostré por primera vez este refugio, este blog, mi historia contada a corazón abierto. Un paso enorme para mí, que no hace mucho ni sabía cómo expresar lo que sentía. Me escuchó, me entendió, y lo más importante: me sostuvo sin juzgar. Como hace siempre.
Mientras yo cocinaba, seguimos hablando de todo un poco, y el día fue cerrándose con aromas cálidos y palabras suaves. Ahora nos toca sofá, abrazos y esa forma de dormir que ya parece una costumbre: acurrucados, como si el mundo ahí fuera se parara un instante para dejarnos respirar.
Lo que estoy viviendo estos días… ya es un sueño cumplido.
Y lo más bonito es que apenas está comenzando.
Continuará…
Deja un comentario