Aprendemos, sí… a veces desde el dolor más profundo, que soltar no es rendirse ni perder, sino darnos la oportunidad de comenzar de nuevo. Que hay despedidas que nos rompen, pero también nos liberan, y silencios que, aunque duelan, nos empujan a escuchar lo que llevábamos tiempo callando.
He soltado. No sin heridas, no sin lágrimas… pero con la conciencia tranquila de haberlo dado todo. Y en ese gesto —doloroso, necesario— he descubierto que cerrar una puerta no siempre es un final: a veces es simplemente el comienzo de algo mucho más honesto, más sereno, más real.
Hoy sé que el amor no se ruega, no se mendiga, no se arrastra. El amor llega cuando alguien decide quedarse sin condiciones, sin máscaras, sin juegos. Llega con gestos que abrazan tus miedos en lugar de usarlos en tu contra. Llega como ha llegado J… sin exigir nada más que mi presencia, sin reproches, sin intentar cambiar lo que fui, sólo acompañando lo que hoy soy.
Solté lo que dolía y, en ese espacio vacío, ha empezado a brotar algo nuevo. Algo que me calma, que me impulsa, que me hace sentir que merezco lo que siempre temí pedir. Porque esta vez, no estoy forzando nada. Esta vez, todo fluye.
Y sí… al final, la vida es eso: aceptar lo que llega con gratitud, dejar marchar lo que ya no vibra con nosotros y abrir el alma a lo que está floreciendo, sin miedo a lo que vendrá. Porque hay caminos que sólo comienzan cuando dejamos de mirar atrás.
Continuará…
Deja un comentario