Si algo he aprendido en estos últimos meses es que el amor no es sólo lo que se siente, sino lo que se hace con lo que se siente. No se trata de perfección, sino de madurez, de compromiso, de saber elegir y, sobre todo, de saber construir. También he aprendido a diferenciar algunos sentimientos:
Orgullo.
Durante mucho tiempo creí que ceder era perder. Me aferré a un orgullo que me hizo guardar silencios cuando debía hablar, protegerme cuando debía abrirme, mantenerme en pie cuando en realidad solo necesitaba un abrazo.
Ahora sé que el orgullo mal gestionado no te protege, te aleja. Aprendí —a golpes— que a veces, soltar el orgullo no es rendirse, sino abrazar de verdad lo que importa.
Querer.
Querer es fácil. Querer es lo que sentí muchas veces. Pero querer sin demostrar es como gritar en medio del mar: nadie te escucha.
Hoy sé que los gestos hablan más alto que las palabras. Que una llamada, una mano que no se suelta, una risa compartida en el momento justo… eso es lo que hace que el querer se vuelva real.
Amar.
Amar es lo que pensé que hacía, pero no sabía cómo hacerlo bien. No sabía que amar era también aceptar mis propias heridas, hacerme cargo de lo que no sabía sentir, pedir ayuda, aprender a comunicarme, dejarme cuidar.
J me está enseñando que amar no es un volcán de emociones, sino una calma compartida. Que no se trata de esperar que el otro sea perfecto, sino de caminar al lado, incluso con las cargas a cuestas, incluso con miedo.
Valorar.
Con S aprendí, tarde, lo que significa valorar a alguien. Creí que con quererla bastaba. No supe demostrar que su presencia era un privilegio, no que pareciera una costumbre.
Con J… cada gesto, cada mirada, cada paso que da hacia mí, lo valoro como si fuera la primera vez. Porque lo es. Porque su forma de estar, de elegir, de acompañar, no es algo que dé por hecho. Es un regalo que me recuerda lo afortunado que soy.
Perdonar.
Me ha costado más perdonarme a mí mismo que a los demás. Aceptar que no supe, que no pude, que fallé sin querer.
Pero lo estoy haciendo. Estoy aprendiendo a mirarme sin rabia, sin castigo. A ver mi historia sin avergonzarme.
Porque si no me perdono, no puedo avanzar. Y quiero avanzar.
Reconciliar.
No con el pasado, ese ya no volverá. Me estoy reconciliando con el presente, con este “yo” nuevo que despierta cada día con más conciencia de lo que necesita, lo que merece y lo que puede ofrecer.
Y con J, estoy construyendo algo nuevo. No se trata de borrar lo anterior, sino de escribir algo distinto. Sin exigencias, sin miedos, sin juegos. Solo caminar juntos, con las cartas sobre la mesa, con las heridas a la vista, pero con el corazón dispuesto.
Hoy sé que no necesito a alguien perfecto.
Necesito a alguien que, como ella, vea magia donde otros solo ven rutina.
Alguien que me acompañe sin pedirme máscaras.
Que me escuche sin exigirme explicaciones.
Que me mire como si yo fuera su refugio…
Y que me diga “te quiero” cuando menos lo espero, pero más lo necesito.
Porque sí…
Sigo aprendiendo a amar.
Pero esta vez, no desde la necesidad, sino desde la elección.
Y ella, J, está eligiéndome cada día.
Y yo también.
Continuará…
Deja un comentario