Soy un hombre que está mejorando. No soy perfecto, ni lo pretendo, pero cada día intento ser más consciente de mí, de mis errores, de mis decisiones y de todo lo que he aprendido del pasado. Cometí errores, sí, y no me escondo de ellos. Me hago responsable. Porque he entendido que crecer no es culparse eternamente, sino comprometerse a no repetir lo que dolió, a uno mismo o a los demás.
Hubo momentos en los que me equivoqué, en los que mi silencio fue más fuerte que mis palabras, en los que no supe compartir lo que sentía por miedo a ser juzgado, rechazado, o simplemente por no saber cómo hacerlo. Esa era mi mayor cárcel: no poder explicar el dolor, el miedo o el amor, aunque lo sintiera con una intensidad abrumadora.
Pero todo ha cambiado. Hoy, puedo decir que me escucho más, que he aprendido a mirar hacia dentro sin asustarme. Que ya no me escondo detrás de excusas ni de viejas heridas.
Y lo que ha sido determinante en este nuevo yo que despierta… ha sido ella. J no ha llegado para cambiarme, sino para acompañarme. No ha exigido nada. No ha cuestionado mis heridas. Solo ha tendido su mano y me ha dicho: “Vamos juntos”.
Eso ha sido todo. Y a la vez, ha sido todo lo que necesitaba.
Porque querer de verdad no es idealizar a alguien ni esperar que cumpla nuestras expectativas. Es mirar a la otra persona tal y como es, con sus grietas, con sus aprendizajes a medio hacer, con sus miedos aún palpitando, y decidir quedarse. Decidir apostar. Decidir construir desde ahí.
Y eso es lo que estamos haciendo. Juntos. Con respeto, con calma, con cariño. Sin máscaras, sin orgullo, sin juicios.
Porque cuando una persona de verdad te quiere en su vida, no te pone a prueba ni te hace dudar de tu lugar. Hace lo posible para que te quedes. Y si no puede, no te confunde.
Hoy soy un hombre distinto. No mejor que nadie, pero sí mejor que quien fui ayer.
Y por fin, estoy empezando a sentirme orgulloso de ello.
Continuará…
Deja un comentario