480. Cuando más lo necesito, me da la mano

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Más que besarnos, más que acostarnos juntos, ella…
me da la mano.
Y ahí, en ese gesto tan simple y tan profundo, me demuestra su amor. Porque lo hace en los momentos en los que me siento más perdido, cuando creo que todo se va a desmoronar, cuando la culpa vuelve a hablar más alto que mi paz, cuando mi cabeza me susurra que lo estoy haciendo mal, que no estoy preparado, que lo estropearé todo otra vez.

En ese preciso instante, sin decir nada, ella me coge la mano. Con suavidad, con firmeza. Y es como si me dijera:
“No tienes que ser perfecto, solo tienes que estar aquí. Conmigo.”

No sabe cuánto me calma. No sabe cómo ese gesto me devuelve al presente. Cómo en su silencio hay un refugio, cómo en su contacto hay una promesa silenciosa:
“No importa lo que venga, te tengo.”

Y entonces respiro. Y me permito sentir sin miedo. Porque ahora si me tambaleo alguien me ayuda a no caer. Porque alguien me ve, me entiende y me abraza justo donde más me duele.

Ella me da la mano… y yo vuelvo a creer que quizá, esta vez, sí sea posible. Caminar, sanar, construir, amar… sin máscaras, sin prisas, sin miedo.

Continuará…


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