Todavía me cuesta creer que estés aquí, esta semana, conmigo. Que hayas decidido mover cielo y tierra, reorganizar tu mundo, hacer horas de más… solo para poder acompañarme.
No porque lo necesitara —aunque sí—, sino porque tú querías.
Porque lo sentías.
Porque así eres tú.
A veces, me detengo a mirar todo esto que estamos viviendo y me parece un sueño. Pero lo cierto es que, paso a paso, gesto a gesto, abrazo a abrazo, está dejando de ser fantasía para convertirse en la más bonita de las realidades. Una que se construye sin prisa, sin máscaras, sin exigencias.
Solo con amor.
Con verdad.
Con ganas.
Ayer por la tarde hablaba de ti con una amiga. Le contaba todo esto. Le contaba que hay un proceso en marcha dentro de mí, uno lento, pausado, pero real: S se va apagando poco a poco en mi corazón. Y tú…
Tú estás llegando sin hacer ruido, pero con la fuerza de quien no necesita gritar para quedarse.
No estás llenando un vacío, no estás ocupando un espacio que no sea tuyo. Estás creando uno nuevo. Un rincón hecho a tu medida, sin prisas ni condiciones, pero lleno de algo que no se puede describir del todo.
Llámalo ternura.
Llámalo seguridad.
Llámalo amor.
Llámalo tú.
Desde que tengo memoria, no recuerdo un solo momento en el que me hayas transmitido algo feo. Ni en la infancia ni ahora. Eres esa calma que no pesa, ese impulso que no empuja. Y con cada gesto, con cada palabra, estás escribiendo una historia en la que no hace falta borrar el pasado, porque simplemente… ya no duele tanto.
Gracias por quedarte.
Gracias por ser refugio sin exigencia, abrigo sin cadenas, amor sin condiciones.
Gracias por no pedirme que olvide, sino por enseñarme que, con el tiempo, todo lo que duele se recoloca… y se transforma.
Gracias por ser parte de este nuevo comienzo.
Continuará…
Deja un comentario