Hoy ha sido un día largo. El tipo de días que te obliga a detenerte y repensarlo todo. He recorrido más de cinco horas y media de camino entre ida y vuelta para despedir al padre de un gran amigo. Cinco horas y media de carretera en silencio dan para mucho. Para pensar, para recordar, para sentir, para mirar hacia dentro con una claridad que a veces la rutina no permite.
Y si algo me ha dejado este día es una certeza tan dura como necesaria: el mañana no está asegurado.
No tenemos la garantía de volver a ver a quienes queremos. No sabemos si esa conversación pendiente tendrá oportunidad. No hay manera de prever si ese mensaje sin responder, ese abrazo que no dimos, ese “te quiero” que callamos, volverá a tener ocasión de salir.
Por eso, sinceramente, estoy cansado de los juegos, de los silencios impuestos, de los orgullos mal gestionados, de la necesidad constante de “castigar” al otro con indiferencia. Estoy cansado de que algunos se guarden las palabras y los gestos como si la vida fuera eterna, como si siempre hubiera un mañana para resolver lo que hoy se rompe.
Hoy trabajé con S, y no sé si dije o hice algo que no le gustó. La cuestión es que, en algún momento del día, simplemente dejó de hablarme. Como si yo tuviera que adivinar qué fue lo que ocurrió. Como si fuera justo y necesario comportarse así conmigo.
Y no, no lo es.
Porque, por mucho tiempo, fui yo quien quedó. Fui yo quien siguió tratando con respeto y cuidado. Fui yo quien, pese a todo, nunca respondió con rencor. Pero también soy yo quien ya no va a participar más en esos juegos. Porque no quiero más pequeñas guerras en mi vida. Ya hay bastante con lo que realmente duele como para además sumar conflictos que nacen del ego o del capricho.
Que quede claro: no estoy enfadado, estoy en paz. No estoy reprochando, estoy poniendo límites. No estoy huyendo, estoy eligiendo quedarme en lugares donde me hablen claro, donde me cuiden bien, donde me respeten sin condiciones.
Si alguien no quiere estar, que no esté.
Si alguien quiere hablar, que lo haga.
Y si alguien decide guardar silencio, que entienda que el silencio también habla… y que no siempre tiene respuesta.
No quiero volver a acostarme enfadado con nadie, jamás, con nadie.
No quiero volver a callar un abrazo.
No quiero volver a irme de un sitio dejando algo roto.
Porque la vida es frágil. Porque las personas no son eternas. Y porque no pienso desperdiciar lo que me queda en explicarle a nadie que el amor, el respeto y la paz no se mendigan… se ofrecen, se construyen y se cuidan.
Hoy he vuelto a casa con una tristeza suave, de esas que no lloras en voz alta pero que se te cuelan en el pecho.
Pero también he vuelto más firme.
Más claro.
Más yo.
Porque yo ya elegí cómo quiero vivir.
Y elijo hacerlo en paz.
Continuará…
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