493. El hogar al que llegas, no del que vienes

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Después de un día largo, emocionalmente agotador, con kilómetros a la espalda y pensamientos que aún pesan en el pecho, hay algo que lo cambia todo. Algo que no se compra ni se exige. Algo que solo puede regalarse: el cuidado sincero.

Hoy llegué a casa… aunque no sea mi casa.

Es el hogar que alguien está construyendo conmigo, que me está ofreciendo sin condiciones, sin exigencias, sin prisas. El hogar que me están regalando con cada gesto, con cada mirada, con cada “tranquilo, ya lo tengo yo”.

Y me encontré con eso. Con J.

Con su manera de esperarme.

Con su forma de hacer que el mundo deje de doler aunque solo sea por un rato.

Me ha preparado un baño. Con todo el cariño, con todo el detalle.

Y mientras yo me relajo en silencio y escribo todo esto en la bañera, dejándome abrazar por el agua y por el alivio, ella ha decidido, preparar la cena. No por obligación. No para cumplir.

Sino por amor. Por ternura.

Por esa forma suya de decir “estoy aquí” sin decirlo.

Serán pocas horas las que pueda descansar hoy bajo su manto. A las 4:00 a.m. el despertador volverá a sonar, la rutina me reclamará otra vez, y volveré al ruido, a la prisa, a lo que toca.

Pero estas horas… estas pequeñas pausas en las que puedo sentir que alguien me cuida sin que yo tenga que pedirlo, valen oro.

Gracias, J.

Porque no sólo me ofreces un lugar donde estar.

Me estás regalando un lugar donde volver.

Y eso, para alguien que se ha sentido tanto tiempo perdido, no tiene precio.

Continuará…

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