A veces nos empeñamos en medir a las personas por sus palabras bonitas, por los gestos que hacen cuando están presentes, por las promesas que pronuncian al oído o los detalles que nos entregan en los días buenos. Pero con el tiempo he aprendido que el verdadero valor de alguien no se mide solo ahí.
El verdadero valor de una persona se revela cuando ya no está.
Porque cualquiera puede estar cuando todo es fácil, cuando la risa es constante, cuando la vida acompaña. Pero… ¿quién permanece de alguna manera cuando se ha marchado? ¿Quién deja un eco amable en lugar de un vacío ensordecedor? ¿Quién, incluso en su ausencia, sigue presente de forma limpia y honesta?
A veces se van físicamente, a veces se alejan emocionalmente, a veces los aleja la vida, las circunstancias o nuestras propias decisiones. Pero hay personas que, incluso así, siguen habitando lo que nos dejaron: su cuidado, sus enseñanzas, su forma de tratarnos con ternura, su manera de hacernos sentir importantes sin pedir nada a cambio.
Y entonces uno entiende. Que el amor no se trata solo de estar, sino de permanecer. Que hay huellas que no se borran con el tiempo ni con la distancia. Que hay personas que, aunque se hayan ido, no se han desvanecido. Y otras, en cambio, que aunque estuvieron físicamente presentes, nunca llegaron de verdad.
Hoy pienso en todo esto y sonrío con calma. Porque he conocido ambas versiones. Porque he sido de los que dieron sin medida y se vaciaron por personas que nunca supieron quedarse. Y también, ahora, tengo cerca a alguien que no solo está, sino que permanece. Que no desaparece en los silencios, que no huye del miedo, que no juega con la presencia como si fuera moneda de cambio.
Y eso… eso vale más que mil promesas.
Continuará…
Deja un comentario