Aún tengo los párpados algo pesados, la mente flotando entre el sueño y la realidad, pero no podía dejar pasar este momento sin escribirlo.
Hoy me he despertado después de haber dormido casi diez horas seguidas. Diez. Hacía años que no me pasaba algo así. No recuerdo la última vez que mi cuerpo y mi mente se permitieron descansar sin resistencia, sin sobresaltos, sin esa alarma invisible que siempre me mantenía en estado de alerta. Hoy, sencillamente… dormí.
Y no ha sido por casualidad.
Ha sido por ella. Por su presencia. Por el calor de su cuerpo junto al mío. Por su respiración tranquila, por cómo encajamos incluso en el silencio. Porque su forma de estar calma mi ruido interno, porque no tengo que forzar nada cuando está cerca. Porque, sin decirlo, me da permiso para descansar. Para soltar. Para cerrar los ojos sin miedo a lo que venga después.
Y eso, para alguien como yo, no es poco. Eso… lo es todo.
Despertar así, al abrigo de un sueño profundo y reparador, es otra forma de sentir que, poco a poco, la vida va encontrando su equilibrio. Que lo que ayer parecía imposible —dormir bien, sin ansiedad, sin darle mil vueltas a todo— hoy es una realidad. Que la paz existe y, a veces, toma la forma de una persona que simplemente te abraza por la noche… y te acompaña hasta que amanece.
Gracias, por regalarme este descanso. Por no hacerme preguntas. Por no exigirme nada. Por hacerme sentir tan seguro, tan en casa, que mi cuerpo por fin entendió que podía detenerse.
Hoy, más que nunca, siento que estar contigo es mi forma favorita de descansar del mundo.
Continuará…
Deja un comentario