Si el universo tuviera un centro, para mí sería ese instante en que pronuncias mi nombre sin prisa. Con ese ritmo tuyo, como si cada letra mereciera su espacio en el mundo antes de llegar a mí. Y entonces todo lo demás se apaga. El ruido, las dudas, las heridas. Todo calla, menos tú. Y escucharte… es existir de nuevo.
No eres solo alguien que llegó. Eres todo lo que cambió cuando decidí dejar de huir. Eres ese lugar donde no hace falta hablar para entenderse, donde basta una mirada para calmar el caos que llevo dentro. Como la luna, que sin tocar nada transforma cada sombra. Así llegaste. Así te quedaste.
Si alguna vez fui un náufrago, fue en tu mar donde entendí que no todas las tormentas son para hundirse, que hay corrientes que te devuelven a casa, aunque no supieras que existía. Porque hay lugares que no se descubren con mapas, sino con piel. Y hay amores que no se explican, simplemente se viven.
Tú no eres solo fuego. Eres esa brasa que se mantiene cuando ya no queda llama, la que calienta en silencio cuando todo se enfría. No quemas, transformas. Y yo… me dejo transformar.
A tu lado el tiempo no corre, respira. Se curva. Se repite. Se alarga en tus ojos y se esfuma en tu risa. Y si un día el reloj se rompiera, no pasaría nada. Mientras estés, siempre habrá tiempo.
Hay palabras que se desgastan, pero “tú” no. “Tú” es un latido que no se olvida, una palabra que no necesito pronunciar para sentir. Eres plegaria sin dios, verso sin métrica, certeza sin argumento. No necesito entender por qué ni cómo. Solo sé que es.
Y si un día el mundo intentara borrar todo esto, si el viento arrastrara nuestras voces y el tiempo quisiera imponerse, seguiría quedando lo más importante: el eco invisible de ti en mí.
Porque hay amores que no necesitan explicaciones para ser verdad.
Y tú…
Tú eres esa verdad.
Continuará…
Deja un comentario