Hay heridas que no se ven, pero que han estado conmigo mucho tiempo. No sangran, no dejan marcas físicas… pero pesan. Se manifiestan en mi forma de hablar, en mi forma de amar, en mi manera de huir sin querer. Son las cicatrices invisibles de un pasado que no he contado a casi nadie, de traiciones que me rompieron el alma y me hicieron dudar incluso de mi propio valor.
Hay una voz que, a veces, sigue ahí. Me susurra que no soy suficiente, que lo que tengo ahora es solo un préstamo, que no merezco lo que estoy viviendo. Esa voz es la sombra de lo que fui, del que sobrevivió en silencio, ocultando todo lo que le dolía por miedo a no ser comprendido. Por la alexitimia, por el pasado, por todas las veces que no supe explicarme ni defenderme.
Durante mucho tiempo viví en modo alerta. Siempre esperando el golpe, la decepción, la caída. Siempre con miedo de que lo bueno se desvaneciera, porque tantas veces me pasó, que empecé a creer que era la norma. Incluso ahora, cuando algo bonito me pasa, como todo lo que estoy viviendo con J, esa vocecita a veces quiere colarse para recordarme el viejo patrón: “No te ilusiones, que lo vas a estropear.”
Y sin querer, empiezo a poner barreras. A sabotear lo que más deseo.
Pero hoy, ya no me quiero permitir eso.
Porque no soy solo el dolor que viví.
Porque no soy las promesas rotas ni las ausencias que me hicieron sentir invisible.
Porque todo eso que me hizo daño, también me enseñó a reconocer lo que es real.
Y ahora que lo tengo enfrente, ahora que por fin alguien me da la mano sin exigirme nada… no quiero soltarme.
Estoy aprendiendo a quedarme.
A no huir del amor, del cariño, del cuidado.
Estoy aprendiendo que merezco esta paz que antes me parecía lejana.
Que no tengo que devolver nada, ni justificar por qué alguien me quiere.
Que no tengo que demostrar todo el tiempo que soy válido.
Estoy aprendiendo a habitar mi nueva vida con calma, con amor propio y con gratitud.
Y sí, estoy aprendiendo a recibir lo bueno… y quedarme.
Continuará…
Deja un comentario