Si vas a enamorarte de alguien, que sea de sus ojos.
Porque los ojos no envejecen. No se arrugan como la piel, no se vuelven frágiles como las promesas. Los ojos permanecen. Cuentan historias incluso cuando la voz tiembla, incluso cuando el silencio pesa más que las palabras.
Y si te enamoras de unos ojos, los vas a amar siempre.
He aprendido que no importa cuánto cambie el cuerpo con el tiempo, ni cuántas tormentas arrastre la vida: unos ojos que te miran con verdad, con ternura, con presencia… son eternos. No necesitan adornos, no se disfrazan, no saben mentir. Por eso, cuando amas a través de los ojos, amas desde el alma.
A mí me pasó. Me crucé con una mirada que no solo me vio, sino que me sostuvo. Una mirada que no buscaba entenderlo todo, pero sí estar. Una mirada que, cuando el mundo parecía caer, me devolvía el norte. Una mirada que me enseñó que el hogar no siempre tiene paredes, a veces tiene pupilas.
Y desde entonces, supe que si alguna vez vuelvo a caer, que sea en unos ojos que me recuerden quién soy, que me abracen sin tocarme, que no prometan quedarse… pero que lo hagan.
Porque si vas a construir algo con alguien, que sea con quien te mire de frente. Con quien no baje la vista cuando estés roto. Con quien, incluso en los peores días, siga encontrando en tus ojos el mismo brillo de siempre, aunque estés apagado por dentro.
Que el amor empiece por los ojos…
y que nunca termine.
Continuará…
Deja un comentario