Hoy ha sido un día más largo.
No por el trabajo, ni por el cansancio…
Sino por tu ausencia.
No estás aquí, no te escucho revoloteando por la casa, no siento tu mirada al otro lado de la mesa ni tus manos colándose por debajo del café de las mañanas. Pero, aun así, de alguna manera estás.
En lo invisible. En lo sutil. En todo.
Por eso, por si alguna vez te lo preguntas —en mitad de una noche cualquiera, o en el peso callado de la rutina— te lo dejo escrito para que nunca lo olvides:
Sí. Eres tú.
Eres la pieza que no sabía que faltaba en el puzzle de esta historia que llevo tanto tiempo intentando montar. Esa respuesta que mi cuerpo llevaba tiempo intuyendo, pero mi mente no era capaz de formular.
No es una idealización.
Es un click brutalmente honesto.
Una sincronía que desarma miedos y que me hace bajar las defensas sin ni siquiera quererlo.
Un refugio que no tiene paredes, pero sí certezas.
Contigo no es ruido. Es frecuencia.
Una frecuencia que resuena justo donde siempre hubo eco.
Tú, sin darte cuenta, encajaste en un lugar que llevaba demasiado tiempo en silencio.
No te lo digo porque te eche de menos —aunque te echo de menos—
Te lo digo porque hay ausencias que no duelen, porque dejan rastro de presencia.
Y la tuya…
Hoy me ha acompañado como si caminaras a mi lado, como si me hablaras bajito al oído mientras te pienso.
Así que sí.
Grábatelo a fuego lento:
Eras tú.
Justo tú.
Y no importa cuánto tarde el reloj en devolvérmela.
La espera no pesa cuando sabes que, en algún lugar, alguien también piensa en ti.
Continuará…
Deja un comentario