Cuando alguien te hace daño de verdad, algo en ti cambia. Lo notas, aunque al principio no sepas describirlo. Es como si una parte de ti se endureciera poco a poco, como si el mundo que antes veías con luz ahora lo vieras bajo una niebla de desconfianza. Te proteges más. Te anticipas al golpe, incluso cuando nadie lo ha dado todavía.
Y ahí empieza el ciclo.
El ciclo en el que, sin querer, te conviertes en una versión distorsionada de ti mismo. Justificas la frialdad con lo que has vivido. La desconfianza con lo que te hicieron. La distancia con lo que temes volver a sentir.
Yo sé lo que es eso. Lo viví. Me enseñó, sin quererlo, que incluso cuando das todo de ti, puedes terminar sintiéndote invisible. Aprendí a callarme lo que dolía, a ocultar lo que sentía, a guardar cada emoción en una caja con doble cerradura. Y por más que intentara amar bien, el miedo a volver a romperme me convertía en alguien distante, difícil, incompleto.
Pero entonces llegó J. Y sin prometerme nada, me mostró otra forma de sentir. Una forma sana, honesta, sin juicios, sin prisas. Una forma en la que no hacía falta pedir permiso para ser vulnerable. Y ahí me di cuenta de algo: si repetía los mismos errores con ella, no sería culpa de lo que viví en el pasado. Sería elección mía. Porque el dolor no es una excusa. Es un aviso.
Un aviso de lo que no quiero ser.
De lo que no quiero volver a hacer.
Sé que estoy lejos de ser perfecto. Pero también sé que no quiero arrastrar conmigo las sombras que otros me dejaron. No quiero pagar con J el precio de las heridas que no le pertenecen. No quiero que el daño que me hicieron me convierta en una versión que no reconozca.
Porque el verdadero poder no está en protegerte tanto que termines hiriendo sin querer.
El poder está en frenar la cadena.
En sanar.
En volver a sentir, aunque duela.
Y elegir, cada día, no repetir lo que te rompió.
Ahí empieza la libertad.
Ahí empieza el amor de verdad.
Continuará…
Deja un comentario