510. Semillas sin testigos

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Alguna vez te han dicho esa frase que suena a reproche envuelto en falsa admiración:

“De bueno… eres tonto.”

Y sí, puede que la hayas escuchado más de una vez.

Quizás incluso te la hayas repetido a ti mismo, en voz baja, después de un desencanto, de una traición o de otro gesto tuyo que no fue correspondido.

Pero hay algo que vive en ti —en lo más profundo— que no se negocia: el impulso de seguir haciendo el bien.

Aunque no haya palmas, ni gratitud.

Aunque las semillas que siembras tarden en brotar —o nunca veas su flor.

Aunque el mundo parezca ir demasiado rápido y tú sigas apostando por la ternura, la empatía, la lealtad.

Porque sí, la lealtad, esa que no solo es hacia los demás, sino también hacia ti mismo, hacia tus principios, hacia lo que decides ser incluso cuando nadie mira.

Porque ser leal no es no fallar nunca —eso es imposible—

Ser leal es elegir no fallar cuando tienes la oportunidad de hacerlo.

Es mantenerte firme cuando podrías elegir lo fácil.

Es sostenerte en la belleza, la verdad y la bondad, incluso en un mundo que parece haberse olvidado de ellas.

No necesitas testigos.

No necesitas recompensas.

No necesitas que el campo florezca hoy.

Porque tú siembras desde la fe.

La fe en que algún día, sin esperarlo, alguien te devuelva el bien con una mirada limpia, con un gesto sincero, con una mano tendida.

La fe en que no todo está perdido.

La fe en que las personas buenas no se extinguen, solo caminan en silencio.

Sigue haciendo el bien.

No porque seas tonto.

Sino porque no sabes —ni quieres— ser de otra manera.

Continuará…

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