511. La importancia de la empatía

By

Durante mucho tiempo me acusaron de no tener empatía.

Lo escuché de quienes más me conocían, de quienes compartían mi día a día.

Y aunque por dentro me deshacía, por fuera no sabía cómo explicarlo.

No era frialdad, ni indiferencia.

Era alexitimia.

Una palabra que pocos conocen, pero que marca la diferencia entre sentir y poder expresar.

Mi empatía no era pequeña. Era inmensa.

Tan grande, que me dolía más de lo que podía soportar, pero no sabía cómo sacarla, cómo traducirla al lenguaje que los demás esperaban.

Y por eso, me juzgaron. Me señalaron. Me alejaron.

Vivimos en un mundo acelerado, donde actuamos sin detenernos a pensar en el impacto que dejamos en los demás.

Decimos cosas sin medir consecuencias.

Tomamos decisiones sin preguntarnos si van a herir.

Nos movemos tan deprisa que olvidamos algo esencial: la empatía.

Pero, ¿cuántas veces pensamos realmente en lo que sienten los demás?

No hablo de frases bonitas ni de gestos teatrales.

Hablo de esa conciencia profunda que se despierta cuando miras a alguien y entiendes —aunque no compartas— lo que está viviendo.

Si más personas lo hicieran, si más personas se permitieran mirar más allá del juicio y la apariencia, ¿cuánto sufrimiento innecesario podríamos evitar?

Una sola palabra puede hacer que alguien se sienta visto.

Una sola actitud puede salvar un día entero.

Y al contrario… una mirada vacía, una acusación sin entender, puede hundir más de lo que imaginamos.

A mí me hundieron.

Y si hubieran prestado algo de atención, si en lugar de tacharme de insensible hubieran intentado entender por qué actuaba como lo hacía…

Tal vez hoy no estaría donde estoy.

Tal vez habría descubierto mucho antes esa parte de mí que tenía silenciada, y todo este proceso no habría sido tan doloroso.

Ni para mí… ni para ella.

Sí. Hoy hablo de ti.

No desde el reproche, sino desde la verdad que ya no me duele.

Me hubiese gustado que vieras todo lo que sentía y no sabía decir.

Que entendieras que mi silencio nunca fue indiferencia, que mis torpezas emocionales no eran falta de amor.

Sólo eran parte de lo que soy, de esa diferencia que ahora entiendo y abrazo.

La empatía no es un lujo.

No es un detalle bonito.

Es una responsabilidad.

Porque al final, lo que dejamos en los demás —para bien o para mal— habla más fuerte que cualquier palabra.

Ojalá todos entendiéramos eso a tiempo.

Ojalá nos diéramos permiso de mirar con el corazón, no con prejuicios.

Porque a veces, lo que parece una carencia… es sólo una herida sin nombre.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario