Y hoy…
Hoy me siento mal.
Muy mal.
Es uno de esos días tontos —que todos tenemos de vez en cuando— en los que el corazón, la cabeza, los recuerdos y el dolor deciden aliarse para revolverlo todo.
Y da igual lo bien que te sientas en general, lo en paz que estés contigo mismo, o que el presente parezca por fin un lugar seguro…
Hay días en los que todo dentro pide llorar.
A gritos.
Y no sabes muy bien por qué.
Solo sabes que algo aún duele, que algo no se ha ido del todo, que queda dentro una parte que todavía necesita salir.
Y cuando lo hace…
Duele.
Mucho.
Porque no es un dolor reciente.
Es un eco de años.
De haber sostenido demasiado tiempo lo que pesaba más de lo que podía soportar.
De problemas que no eran solo míos.
De errores, propios y ajenos.
De amores rotos que dejaron heridas que no se curan con palabras.
Y este último…
Este último me dolió tanto.
Perdí tanto.
Me rompí en tantos pedazos que hubo un momento en que no sabía si podría volver a juntar alguno.
Y, sin embargo, si hoy me paro a mirar mi vida con algo de objetividad, me doy cuenta de que me va bastante bien.
Mucho mejor de lo que imaginé en aquellos días oscuros.
Ha entrado una persona en mi vida que, sin quererlo, ha derrumbado de un solo golpe esa barrera emocional que me había construido a base de decepciones.
Una persona que no pide, que no exige, que simplemente está.
Que me acompaña incluso cuando yo mismo me pierdo.
Pero…
Aun con todo eso, no puedo evitar días como este.
Días en los que me siento “jodido”, vulnerable, extraño.
Momentos.
Instantes.
Pequeños desvaríos del alma que se cuelan cuando menos los esperas y te susurran que aún queda algo por sanar.
Y en medio de todo esto, de esta montaña rusa emocional que me agota, aparece J.
Con su calma, con su ternura, con su paciencia.
Gracias, J.
Gracias por entenderme incluso cuando no lo hago yo.
Gracias por quedarte, por acompañarme sin pedir explicaciones, por ver la belleza incluso en mis días grises.
Gracias por no tener miedo de abrazar mis silencios, por mirarme sin querer cambiarme, por sumar sin restar.
Por hacerme sentir que este caos también tiene sentido.
Por recordarme que merezco lo bueno, incluso cuando me cuesta creerlo.
Gracias por ser luz cuando todo dentro se oscurece un poco más de la cuenta.
Continuará…
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