Vivimos en un mundo donde todos esperamos ser comprendidos, escuchados y tratados con respeto. Pero muchas veces olvidamos algo fundamental: que lo que damos, también deja huella. Que no se puede pedir empatía si caminamos por la vida sembrando indiferencia.
Hay personas que exigen paciencia, cariño o atención, pero no se detienen a pensar en la energía que proyectan. Creen que sus palabras duras no se notan, que su frialdad pasa desapercibida, que el silencio no duele. Y sin embargo, todo eso pesa. Se queda. Marca.
Durante mucho tiempo yo intenté entenderlo todo, justificarlo todo. Quise ser esa calma que otros no encontraban. Pero aprendí que no siempre hay que absorber la energía de quienes solo saben restar. A veces, simplemente, basta con reflejar. Con devolver, sin rencor, lo mismo que uno ha recibido.
Y es curioso, porque cuando haces eso —cuando ya no respondes con más esfuerzo del necesario, cuando dejas de intentar arreglar lo que no rompiste—, muchos se enfadan. Se ofenden. No porque les hayas hecho daño, sino porque verse en el espejo de su propia actitud duele. Es incómodo. Porque no están acostumbrados a enfrentarse a sí mismos.
Pero no se trata de venganza ni de orgullo. Es una cuestión de equilibrio. De cuidar tu propia paz sin necesidad de convertirte en el salvavidas emocional de nadie. De entender que no estás obligado a dar luz a quien insiste en caminar en su propia oscuridad.
Ser un reflejo no es ser frío. Es poner un límite desde el respeto. Es decir sin palabras: esto es lo que me diste, y esto es lo que vuelve a ti. Porque a veces, la lección más clara no se da con reproches, sino con un simple silencio que devuelve la misma distancia que te ofrecieron.
Y en ese acto… también hay amor. Amor propio.
Continuará…
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