516. Mi bondad no es debilidad

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Quiero contar algo sobre mí. Algo que he ido comprendiendo con el tiempo, a base de golpes, decepciones y silencios que duelen más que cualquier palabra.

A lo largo de mi vida he aprendido algo tan doloroso como revelador: las personas que más me han herido, que más me han fallado, han sido las mismas que, en algún momento, reconocieron lo bueno que había en mí. Me dijeron que no merecía el trato que me estaban dando… pero aun así, siguieron haciéndolo.

Y eso me hizo preguntarme muchas veces: ¿por qué sigo permitiendo ciertas actitudes?, ¿por qué, incluso sabiendo que no lo merezco, sigo aceptando el maltrato emocional o el desprecio?

Tal vez es porque, en algún rincón de mí, aprendí a justificar lo injustificable. Tal vez me enseñaron a resistir en vez de protegerme. A perdonar rápido, a avanzar aunque doliera, a no mirar atrás.

Y eso, aunque suene noble, también me volvió vulnerable. Porque la bondad —cuando no se acompaña de límites— puede ser un imán para quien no sabe valorar, para quien solo toma y no devuelve. Me convertí, sin querer, en blanco fácil para quien no entendía el valor de lo que estaba recibiendo.

Pero no confundas esto con debilidad.

No.

Porque seguir siendo bueno después del daño, elegir seguir dando lo mejor de uno cuando lo más fácil sería endurecerse y levantar muros… eso no es fragilidad, eso es fuerza.

He aprendido que mis cicatrices no son un recordatorio de lo roto, sino de lo que sobrevivió. De lo que sigo siendo a pesar de todo. Cada vez que alguien me falló y no devolví el golpe, cada vez que me decepcionaron y aun así no perdí la fe en las personas, elegí mantener intacta mi esencia.

Elegí no volverme como ellos.

Pero también he entendido algo esencial:

Mi bondad no puede ser incondicional si se da a costa de mi bienestar.

Debo aprender a poner límites.

A cuidar lo que soy.

A no regalarme a quien no sepa recibirme.

Porque ser buena persona no implica ser ingenuo, ni permitir que otros usen esa luz para esconder sus propias sombras.

La verdadera fuerza está, también, en saber cuándo cerrar la puerta.

En entender que no todo el mundo merece lo que llevas dentro.

Que no todo el mundo merece quedarse.

Y yo, por fin, he empezado a entenderlo.

Continuará…

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