Hay noches que se hacen eternas. No por falta de sueño, sino por el exceso de pensamientos. Porque a veces, el verdadero enemigo no está afuera. No son las palabras de los demás, ni las situaciones que escapan a nuestro control. El enemigo, muchas veces, habita dentro: en forma de pensamientos que no se detienen, en una mente que se empeña en reproducir cada escena una y otra vez.
Sobrepensarlo todo…
Esa es la batalla silenciosa que muchos libramos sin que nadie lo note. Una lucha contra un eco constante de dudas, miedos, escenarios que nunca suceden pero que duelen como si fueran reales. Se buscan explicaciones en cada gesto, se interpreta el silencio como sentencia, se reconstruyen conversaciones buscando señales que nunca existieron.
Cada día se convierte en un bucle.
Un bucle de análisis interminables, de recuerdos que se reviven hasta desgastarlos, de futuros posibles que generan ansiedad antes incluso de presentarse. Es como si la mente no supiera descansar, como si necesitara encontrar respuestas a preguntas que solo ella se ha planteado. Como si la paz fuera un lujo que uno no se pudiera permitir.
Y el problema es que no es la realidad la que hiere…
Sino la forma en que la mente la interpreta.
El sobrepensamiento amplifica detalles, agranda sombras, crea monstruos donde sólo había dudas. Y esas sombras se pegan al alma. Se cargan en la espalda como mochilas invisibles. A veces, no es que estemos mal… es que estamos cansados de pensar.
Pero he comprendido algo con el tiempo:
No todo necesita una explicación profunda.
No todo merece ser analizado hasta el extremo.
A veces, la paz no está en tener todas las respuestas.
A veces, la paz está en aprender a vivir sin necesitarlas.
Poco a poco, intento dejar de pelear con mi cabeza y empezar a hacer las paces con el presente.
Porque no quiero seguir perdiéndome la vida por quedarme atrapado en cada pensamiento.
Y si tú, que estás leyendo esto, te reconoces entre estas líneas… respira.
No estás solo.
Continuará…
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