Durante mucho tiempo pensé que proteger a quien quieres significaba callar tus dolores, esconder tus sombras, hacer como si nada te pesara para no empañar la felicidad del otro. Pensé que, si yo cargaba con todo en silencio, el amor sobreviviría intacto. Que si no contaba mis miedos, mis dudas, mis heridas, al menos no estropearía la paz de quien tenía al lado.
Pero me equivoqué.
Hoy sé que no se trata de esconder la verdad para no hacer daño, sino de compartirla con quien te quiere de verdad. Porque, al final, lo que se oculta también separa. Lo que no se dice crea distancia.
Y no hay nada que rompa más un vínculo que esa distancia silenciosa entre dos personas que ya no se cuentan lo que les duele.
La verdad, por dura que sea, siempre será mejor que una felicidad basada en mentiras.
Es tentador aferrarse a una falsa calma, a ese “todo está bien” que nos repetimos mientras por dentro se desmoronan las certezas.
Es fácil construir un paraíso de ilusiones.
Pero cuando la realidad llega —y siempre llega— el golpe es mucho más devastador.
Porque la felicidad que se construye sobre engaños, sobre omisiones, sobre miedos no expresados…
tarde o temprano se cae.
Y cuando lo hace, no deja nada en pie.
Ahora, por fin, he entendido que la verdad no es enemiga de la felicidad.
Es su cimiento más sólido.
La verdad libera.
Te permite tomar decisiones desde la madurez, desde la conciencia, desde la honestidad más profunda.
La verdad —aunque duela al principio— tiene la capacidad de curar, de limpiar lo que estaba viciado, de dar paso a una forma de amor más sana, más real.
Y eso es lo que tengo ahora.
Eso es lo que estoy empezando a construir con J.
Ella no me pide que sea perfecto, ni que todo esté siempre bien.
Lo único que me pide es sinceridad.
Primero conmigo.
Y después con ella.
Y yo he decidido no fallar en eso.
Porque ya aprendí, a base de golpes, que no se ama ocultando.
Que lo que no se dice también hiere.
Y que el silencio, cuando se usa para esconder, termina por romper lo que parecía indestructible.
Hoy elijo la verdad.
Elijo abrirme, mostrarme con todo lo que soy: mis luces, mis sombras, mis errores y mis ganas de hacerlo mejor.
Porque, esta vez, quiero construir algo que no se derrumbe.
Algo que resista.
Algo que no se base en ilusiones, sino en verdades compartidas.
Continuará…
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