La vida no deja de moverse, de ponernos a prueba. A veces lo hace de forma suave, casi imperceptible, y otras veces nos golpea con tanta fuerza que cuesta mantenerse en pie. Y cuando eso ocurre, cuando todo parece temblar bajo los pies, lo fácil es dejarse llevar por el dolor, por lo que nos hicieron, por lo que perdimos. Lo difícil, lo realmente valiente, es mirar más allá de la herida.
Durante años viví atrapado en ese dolor, dando vueltas una y otra vez a las mismas preguntas, a los mismos “¿por qué?”, reviviendo escenas que ya no podía cambiar. Me costó entender que si centraba mi mirada solo en lo que dolía, no haría más que quedarme anclado ahí, sin avanzar, sin sanar.
Pero he aprendido algo: el dolor, por muy inevitable que sea, no tiene por qué convertirse en sufrimiento crónico. La diferencia está en el enfoque. ¿Dónde decides poner tu atención? ¿En la herida o en la fuerza que te está dando? ¿En lo que te rompieron o en la forma en que estás reconstruyéndote?
Cada momento difícil trae consigo una posibilidad. A veces parece oculta, disfrazada, incluso injusta. Pero está ahí. En medio de la tormenta, también hay semillas. Y depende de ti si las dejas ahogarse o decides hacerlas crecer.
He comprendido que mis cicatrices no son un símbolo de derrota, sino de superación. No me definen como víctima, sino como alguien que ha seguido adelante incluso cuando el alma pedía rendirse. Cada caída me ha dado una nueva mirada, una nueva versión de mí, más consciente, más fuerte, más auténtica.
No se trata de negar el dolor. Se trata de no permitirle tener la última palabra.
Hoy puedo decir que he elegido crecer. Que sigo cayendo, sí, pero también sigo levantándome. Y cada vez, un poco más sabio, un poco más en paz.
Porque cuando decides enfocarte en la lección, el dolor pierde su poder.
Continuará…
Deja un comentario