524. La fragilidad de los días

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Tan solo hace siete días despedíamos al padre de un gran amigo, y hoy —o más bien, anoche— la vida ha vuelto a recordarme lo frágil que es todo esto. Esta vez, fue el padre de otro amigo, una figura que también marcó mi infancia. Fue quien me cuidaba cuando mis padres trabajaban, quien nos llevaba de pueblo en pueblo para jugar torneos de fútbol sala, quien estuvo presente en más momentos de los que quizás supo. Fue como un segundo padre para mí. Y ya no está.

Duele. Duele más de lo que puedo explicar.

Y cuando algo así pasa, no queda más remedio que parar. De repente todo se ralentiza, el mundo parece hacerse más pequeño, más silencioso. Uno reflexiona, inevitablemente, sobre el valor del tiempo, sobre las personas que están —y las que estuvieron—, y sobre cómo, en cualquier momento, esto puede terminar. Y lo que más pesa no es la pérdida, sino la posibilidad de no haberlo dicho a tiempo: el “te quiero”, el “gracias”, el “estoy aquí”.

En medio de ese derrumbe interno, de ese dolor que llegó sin pedir permiso, fue ella —S— quien actuó sin dudar. Me bastó una mirada para que supiera que algo no iba bien, y no tardó ni un segundo en acercarse, en abrazarme. En ese abrazo me sostuvo, me contuvo. Me ofreció su sonrisa, esa sonrisa que durante tanto tiempo fue mi faro. Y me habló, bajito, sin grandilocuencias, pero desde el corazón. Me dijo justo lo que necesitaba oír. No para quitar el dolor, sino para recordarme que no estaba solo.

No sé si algún día dejarán de doler este tipo de despedidas. No sé si algún día uno se acostumbra a perder. Pero sí sé que, incluso en los momentos más oscuros, hay personas que siguen siendo abrigo. Que saben llegar justo cuando el frío te cala más hondo. Que hacen del silencio algo amable. Que simplemente están.

Y eso, a veces, lo cambia todo.

Continuará…

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