Durante muchos años, llorar no era una opción para mí.
No porque me creyera más fuerte, ni porque no sintiera. Es más, sentía tanto y tan profundamente que mi cuerpo simplemente decidió cerrarlo todo. Como una compuerta sellada por dentro, donde cada emoción se almacenaba sin escapatoria. Y así fui viviendo… creyendo que estaba bien, que simplemente era “así”. Que no me afectaban las cosas, que podía con todo.
Pero no era cierto.
Lo descubrí tarde, o más bien, cuando ya no tuve más remedio que enfrentarme a ello. Fue tras el final de mi historia con S cuando todo empezó a derrumbarse —no solo la relación, sino el muro que yo había construido para sobrevivir—. Empecé a conocerme, de verdad. A poner nombre a lo que me pasaba. A entender que lo que tenía no era frialdad, que no es que no sintiera, sino que no sabía cómo expresarlo, cómo gestionarlo, cómo dejarlo salir.
Y ahí ocurrió algo tan sencillo y tan poderoso como esto: empecé a llorar.
Lágrimas que nunca antes salieron. Lágrimas que no salieron ni cuando murió mi abuela, la persona que más he querido en esta vida y que más huella dejó en mí. Lágrimas que no vinieron por despedidas importantes, ni por palabras que dolieron… hasta ese momento.
Desde entonces, ha sido raro el día que no haya llorado. Puede que alguno se haya salvado, claro, pero han sido muchos más los que terminé con el pecho apretado, los ojos húmedos y la sensación de estar soltando por fin, poco a poco, todo lo que durante años escondí. Y en muchos de esos días… S estaba presente, de una manera u otra.
Porque no se llora solo por tristeza. También se llora por rabia, por impotencia, por decepción. Pero también por agradecimiento, por ternura, por emoción pura. Y ahora sé que llorar no me hace débil. Me hace humano. Me hace libre.
Hoy, por ejemplo, ha sido uno de esos días.
Volver a perder a alguien importante, alguien que fue figura paterna, apoyo en mi infancia, cuidador de recuerdos y de sueños. Y el golpe me ha hecho temblar por dentro. Y sin embargo, ahí estaba S. Como tantas veces. Con un abrazo, con una sonrisa, con esa forma suya de calmar incluso cuando ya no queda mucho que decir.
Y poco después, J.
Acabo de hablar con ella por teléfono y viene de camino. Viene a estar conmigo, a acompañarme, a abrazarme desde esa paz que solo ella sabe darme. Conoce a Susi, mi amigo, y aunque con Jesús no tuvo una relación muy cercana, el cariño por quien me importa es suficiente para que esté aquí. Presente. Conmigo.
Y lo digo, se lo repito, pero quizás aún no es del todo consciente del bien que me hace su presencia. De lo que me calma. De lo que me sana.
De lo mucho que significa para mí que venga sin que yo se lo pida, que esté sin condiciones, que se quede sin exigencias. Que me ame en voz baja y sin miedo. Que no le asuste que a veces, como hoy, siga llorando. Porque no le importan mis heridas, le importo yo. Y eso… eso sí que hace llorar, pero de los bonitos.
Hoy sé que sentir es un regalo. Y que si por fin puedo llorar, es porque por fin me estoy permitiendo vivir.
Continuará…
Deja un comentario