No siempre lo digo.
No con palabras.
Quizás mi boca no pronuncie ese “te amo” que muchos esperan escuchar, pero si me miras bien…si te detienes un segundo en mis ojos cuando estás cerca… verás que lo gritan.
No soy de gestos grandilocuentes ni promesas de película, pero en el modo en que te escucho, en cómo busco tu risa incluso cuando todo está gris, en cómo mis manos se acercan sin prisa, con ese respeto que solo nace cuando alguien realmente importa, ahí está todo.
Está en quedarme cuando podría irme, en no soltar tu mano aunque el camino tiemble, en saber que, a veces, lo más valioso no es lo que se dice, sino lo que se hace cuando nadie está mirando.
Yo amo en los silencios.
En las miradas largas, en los abrazos que tardan en soltarse, en el “ya comiste” disfrazado de cuidado, en el “descansa” que encierra un “te necesito bien”.
Amo quedándome.
Y si me quedo… es porque lo siento.
Porque mi alma encontró refugio en la tuya.
Porque no necesito decirlo con la voz, cuando todo mi ser ya lo está diciendo.
Así amo yo.
De esa forma torpe y transparente.
Con el corazón en la mano, aunque a veces no se note.
Pero si lo sientes… si te llega… entonces no necesitas que lo diga.
Ya lo sabes.
Continuará…
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