Hoy me siento cansado. No sólo físicamente, aunque eso también. Hoy me pesa más el alma que el cuerpo. Y no es tristeza, no al menos de esa que te tira al suelo sin fuerzas. Es algo más suave, más profundo, más difícil de explicar… como si dentro de mí quedara una especie de eco de todo lo que fui, de todo lo que entregué sin recompensa, de todo lo que sostuve sin manos que también me sostuvieran a mí.
He pasado días —meses incluso— dando más de lo que debía, buscando sonrisas ajenas mientras se me apagaba la propia. Hoy, después de una semana difícil y llena de despedidas, después de tantos días sin pausas reales, me he dado cuenta de que hay un cansancio que no se alivia con dormir, que nace en los huecos que dejan las decepciones, en los vacíos que deja el pasado cuando vuelve sin avisar.
Y sí, lo reconozco: la música tampoco ayuda. He vuelto a esas canciones que me rompieron antes, no sé si por costumbre o porque a veces uno necesita sangrar un poco para recordar que sigue vivo. Las he escuchado una tras otra, cada una con su herida, con su historia, con su nombre escondido en el estribillo. Y me han traído de vuelta recuerdos que ya no dolían, pero que tampoco se fueron.
Pero dentro de todo esto, también estoy aquí. Y no estoy solo.
Porque está ella, J, que ha llegado como un bálsamo, como una calma que no sabía que podía sentir. Y aunque no siempre lo digo como debería, cada día la quiero más. Me hace sentir pleno, comprendido, cuidado… y sobre todo, en paz. Gracias a ella, sé que merezco amor del bueno. Amor sin máscaras, sin silencios llenos de dudas, sin castigos por sentir demasiado.
Lo que me ocurre ahora no es un retroceso, es solo una curva del camino. Una de esas noches en las que los fantasmas aparecen para recordarte que existen, pero también para que les digas que ya no mandan aquí.
Estoy cansado, sí. Desgastado, a ratos. Pero también agradecido. Vivo. Y, aunque a veces me cueste admitirlo, más fuerte de lo que nunca pensé que sería.
Continuará…
Deja un comentario