Anoche dormí profundamente. No hubo insomnio, ni vueltas en la cama, ni pensamientos que me desvelaran. Solo paz.
Y no fue por algo extraordinario, sino por todo en general. Por la tranquilidad que empieza a habitar en mí, por el cariño que recibo sin condiciones, por sentir que, al fin, la calma me abraza más de lo que me golpea el pasado.
La semana había sido dura. Ya sabes que, a veces, mi cabeza se convierte en un campo de batalla. Los pensamientos no dan tregua y la alexitimia me obliga a buscar respuestas donde no siempre hay preguntas. A eso se sumó la pérdida de Jesús, alguien que fue muy importante en mi infancia, casi como un segundo padre. Ayer fue su despedida, y mientras la vida nos recordaba lo frágil que es, J, sin saberlo del todo, se convirtió en mi refugio.
Volver a casa y encontrar que había preparado algo sencillo para cenar, solo un picoteo, fue mucho más que un gesto cotidiano. Fue un acto de amor, de cuidado, de atención. Yo, que llevaba días con el estómago cerrado, pude relajarme, sentarme con ella y simplemente sentir que todo estaba bien.
Después, su abrazo. Su forma de acariciarme sin prisas. Su voz susurrando en la oscuridad. Su cuerpo junto al mío, piel con piel, con su cabeza apoyada en mi pecho. Dormí sin interrupciones, por primera vez en mucho tiempo.
Pero al despertar, mientras desayunaba antes de ir al trabajo, los fantasmas volvieron.
Y apareció la pregunta:
”¿Qué pasa si tu gran amor vuelve a tu vida, pero alguien más ya te está tratando como te mereces?”
Y por primera vez no sentí vértigo.
Porque tengo claro que eso terminó.
Que ese capítulo no solo se cerró, sino que cambié de libro.
Y sin embargo… el simple hecho de que la pregunta aparezca me asusta. No porque dude de lo que quiero, sino porque me da miedo fallar a quien ahora me lo está dando todo sin pedir nada a cambio.
¿Por qué me cuesta tanto permitirme ser feliz?
Tal vez porque estuve mucho tiempo esperando migajas.
Tal vez porque aprendí a desconfiar de lo bueno.
O tal vez porque, hasta ahora, nadie me había tratado como si de verdad mereciera algo bueno sin condiciones.
Y para ti…
J,
No sé si alguna vez podré agradecerte lo suficiente lo que estás haciendo por mí sin darte cuenta.
Llegaste sin pedir nada, sin exigencias, sin condiciones. Y lo que estás construyendo a mi lado tiene un valor que no se mide en gestos grandiosos, sino en lo pequeño: en tus palabras suaves, en tu forma de escucharme, en esa manera en la que me miras como si nunca hubieras dudado de mí.
Hay noches que aún me tiemblan por dentro.
Hay días en los que los fantasmas tocan a la puerta.
Pero luego estás tú…
Y sin preguntar demasiado, sin presionar, me das calma. Me devuelves a mí. Me enseñas que puedo estar roto y aún así ser digno de amor, de ternura, de una vida compartida.
Gracias por no exigirme que esté siempre bien.
Gracias por no tener miedo de mis sombras.
Gracias por quedarte, incluso cuando mis pensamientos me hacen dudar de todo… menos de ti.
Contigo, he empezado a creer que sí es posible amar sin miedo, sin máscaras, sin huidas.
Contigo, estoy aprendiendo que el amor también puede ser un refugio.
Y aunque no siempre lo diga, aunque a veces me pierda entre pensamientos, te elijo.
Te elijo con mis dudas, con mis luces y con todo lo que estoy aprendiendo a ser.
Porque si hay algo que tengo claro es esto:
Tú no mereces mis restos. Tú mereces mi todo.
Y poco a poco… lo estoy recuperando. Lo estoy construyendo contigo.
Gracias, J.
Por ayudarme a creer de nuevo.
Por hacerme sentir, sin decirlo, que esta vez… sí puede salir bien.
Continuará…
Deja un comentario