
Hay listas de reproducción que no están hechas para bailar, ni para celebrar. Hay listas que no están compuestas por los éxitos del momento, sino por los fracasos personales, por las despedidas, por los silencios que dejaron más ruido que cualquier palabra. Son listas que no se comparten, se sobreviven. Se escuchan cuando nadie mira, cuando el corazón pesa y el alma se arruga.
Yo tengo una de esas listas. Está llena de canciones que no solo me acompañaron en los peores momentos, sino que se convirtieron en parte de ellos. No están ahí por casualidad. Cada una tiene una historia, una persona, una versión rota de mí escondida entre sus versos. Algunas, como “Te entiendo”, “Me quedo en el infierno”, “Sigo llorando por ti”, “Todo me da igual” o “La promesa”, son un espejo emocional. Otras, como “Cada dos minutos”, “Falta Amor”, o incluso “Es un 10”, me recuerdan momentos en los que me creí menos, donde me sentí invisible, donde me rompieron… y aún así sonreía.
Hay canciones que me duelen por lo que dicen, y otras que duelen por lo que significaron en su momento. Porque a veces no es la letra, es el lugar, la persona, el recuerdo. Es ese viaje en coche donde sonaba “Paseo”, o aquella noche que se apagó justo cuando sonaba “Qué es lo que estamos haciendo”.
Y no, no soy adicto al sufrimiento. Pero hay días en los que necesito recordar por qué estoy aquí, por qué siento lo que siento, por qué a veces todavía me pesa la nostalgia en los hombros aunque esté rodeado de luz. Volver a esas canciones no es un castigo, es una forma de entenderme, de sanar lo que sigue escociendo, de mirar al pasado con los ojos del presente y darme cuenta de todo lo que he caminado.
A veces, cuando escucho “Cama vacía”, “Por verte”, o “Me mata(s)”, siento que la música me abraza. Que me dice: “tranquilo, ya no estás ahí, pero es normal que aún duela”. Porque por muy fuerte que uno sea, hay cosas que se quedan para siempre, aunque ya no duelan como antes.
Y lo bonito es que, entre tanto recuerdo, entre tanto rasguño, hay nuevas canciones que empiezan a sonar distinto. Que no duelen. Que me invitan a bailar, a reír, a vivir de verdad. Esas ya no están en esta lista. Esas, las estoy reservando para otro capítulo.
Pero esta lista, la de ahora, la que uso cuando me duele la vida… también es necesaria. Porque me recuerda que viví, que sentí, que me caí… y que hoy sigo aquí.
Porque a veces, sanar también es llorar con los cascos puestos.
Continuará…
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