Nunca me detuve demasiado a pensarlo, pero hoy, por fin, he entendido algo que siempre supe por dentro, sin ponerle nombre. Esta tarde me encontré con una frase sencilla, pero con un eco profundo:
“Nunca beses en la frente a alguien si no planeas quedarte, porque los besos en la frente son una promesa, no un juego.”
Y me ha roto.
Porque yo sí sé lo que significa besar en la frente.
Porque lo he hecho. Muchas veces. Y no a cualquiera.
Un beso en la frente no es un gesto cualquiera ni una muestra de afecto al azar. No. Es una caricia que dice más que las palabras. Es un “estoy aquí”, un “te cuido”, un “te elijo”. Es algo que no se improvisa, que nace cuando el vínculo es tan fuerte que te sale del alma, cuando la piel no es suficiente y necesitas tocar el alma.
No doy besos en la frente por costumbre. No son gestos vacíos para mí. No me nacen si no hay verdad, si no hay conexión, si no hay amor.
Solo lo hago cuando quiero de verdad, cuando siento que esa persona forma parte de mí, cuando lo que quiero es protegerla de todo, incluso de sí misma. Es un gesto silencioso, pero lleno de contenido.
Tal vez no todos lo entiendan. Tal vez algunos los recibieron sin saber lo que estaban recibiendo.
Y ahí está el error. Porque a veces damos demasiado sin asegurarnos de que lo comprendan, de que lo valoren, de que sepan que no es cualquier cosa.
Hoy, al leer esa frase, entendí que ese tipo de besos son compromisos invisibles, la promesa de quedarte, de no fallar, de estar.
Y también entendí que, en algunos casos, esa promesa se rompió.
Quizás no por falta de amor, sino por miedo, por ego, por no entender el valor de los pequeños gestos.
Pero el problema es que para mí no fueron pequeños. Y no lo serán nunca.
Si lo piensas bien e intentas recordarlo, eres consciente de que te he besado en la frente muchas veces.
Continuará…
Deja un comentario