Hoy me siento tranquilo…
Y no porque todo esté en su sitio, sino porque, por fin, he dejado de pelear contra lo que no puedo cambiar.
Me cansé.
De cargar culpas que no me correspondían.
De encogerme para no molestar.
De fingir sonrisas para no preocupar.
De sostener con una sola mano un mundo que se caía a pedazos mientras yo me rompía por dentro.
Y lo más duro de todo… es que, aun con todo ese esfuerzo, nadie lo notaba.
Durante mucho tiempo, callé mis propios silencios.
Fui quien escuchaba a todos sin saber cómo pedir ayuda.
Animaba a otros mientras por dentro me costaba mantenerme en pie.
Pero aprendí.
Aprendí a estar conmigo sin miedo.
A mirar al espejo y entender que, aunque muchas veces no me reconociera, seguía siendo yo… aunque doliera.
Hubo noches en las que no sabía si quería seguir.
Días en los que solo caminaba por inercia.
Pensamientos que no me dejaban dormir.
Lágrimas que ya no sabían salir.
Y aun así… nunca solté mi alma.
Perdí personas.
Algunas que juraban no irse.
Pero en esa pérdida gané algo inmenso: mi dignidad, mi calma, mi verdad.
Me he sentido insuficiente, invisible, un error.
Pero incluso en mi versión más rota, nunca dejé de intentar recomponerme.
Y hoy estoy aquí.
No porque haya vencido a todos mis demonios, sino porque he aprendido a no darles más poder del que merecen.
Hoy no necesito aprobación.
Ni explicaciones.
Ni encajar en ningún molde.
Hoy sé que estoy en mi camino, y eso me basta.
Porque después de tanto dolor, después de tanto caos, la calma no es una meta… es un milagro.
Hoy me siento tranquilo.
Y si mañana vuelve la tormenta, recordaré este día, recordaré que sí se puede volver a respirar.
Continuará…
Deja un comentario