No me definen los días buenos.
Ni las veces que sonreí solo para evitar preguntas.
Tampoco los logros que se ven desde fuera, los que la gente aplaude sin saber el precio.
Lo que realmente me define…
está en todo lo que pasé en silencio.
En las noches eternas en las que el insomnio no era el problema, sino la tormenta de pensamientos que no me dejaba respirar.
En los días en los que callé, no por falta de palabras, sino por miedo a romperme si las soltaba.
Soy cada lección que aprendí mientras me curaba solo.
Cada herida que tapé sin pedir ayuda.
Cada vez que perdoné sin que me lo pidieran, solo para liberar lo que ya no quería dentro.
Soy cada espera inútil, cada promesa que no se cumplió y que aún así, guardé como si pudiera volver.
Muchas veces fui mi única compañía.
Y aprendí —aunque doliera— que cuidarme no es egoísmo… es supervivencia.
Es amor propio en su forma más cruda, más real, más necesaria.
No siempre supe qué hacer.
Me equivoqué, sí.
Me fallé incluso.
Pero jamás dejé de intentarlo, ni siquiera cuando todo dentro de mí gritaba que parara.
Y cada vez que me caí, me levanté sin hacer ruido.
Porque ya no buscaba aplausos.
Porque el dolor enseña que los que de verdad importan no necesitan que expliques cada herida.
Esto que ves hoy…
no es fortaleza.
Es historia.
Una historia hecha de silencios, de momentos que nadie vio, de lágrimas que no dejé caer delante de nadie, de días donde el mayor logro fue simplemente no rendirme.
No quiero que me aplaudan.
Ni que me entiendan.
Solo quiero que, si alguna vez te sentiste igual… sepas que no estás solo.
Continuará…
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