Durante mucho tiempo, creí que estar solo era sinónimo de debilidad. Que si no tenía a alguien sujetándome, el mundo me iba a aplastar. Que si no me ofrecían un refugio, no podría sobrevivir a la tormenta. Y ahí estaba el error.
La vida me enseñó a base de golpes que a veces no tienes otra opción que levantarte solo. Que hay días en los que no hay manos tendidas, ni palabras de consuelo, ni abrazos salvadores. Solo tú, tu sombra y ese caos interno que te grita que no puedes… pero al que tú respondes: “Sí, puedo. Sí, voy a poder.”
No se trata de renunciar al amor, ni de cerrar las puertas al que quiera estar. Se trata de aprender a no depender, de saber que tu valor no se mide en cuánta gente te acompaña, sino en cuántas veces te acompañaste tú mismo cuando nadie más lo hizo.
He aprendido a ser mi sostén. A convertirme en mi refugio, mi impulso, mi calma y mi tormenta. Y eso no me ha hecho más frío, al contrario: me ha hecho más humano.
Porque cuando aprendes a luchar solo, ya no necesitas mendigar compañía. Eliges. Caminas sabiendo que puedes con todo, pero que si alguien quiere caminar a tu lado, será porque lo desea, no porque lo necesites para no caer.
Hoy sé que la fuerza real no es la que se ve, sino la que se siente cuando cierras los ojos por la noche y, aun con todo, sabes que has sobrevivido un día más. Por ti. Contigo. Desde dentro.
Lucha, persevera, y cuando parezca que no puedes más… recuérdate cuántas veces pensaste lo mismo y aquí sigues. De pie. Más tú. Más fuerte.
Continuará…
Deja un comentario