Imagínate que escribieras un libro sobre la persona que más has amado en tu vida.
Sería un libro con capítulos intensos, páginas marcadas por el deseo, el miedo, la entrega y el silencio. Un relato sin adornos, donde lo que más dolería no sería lo que pasó, sino lo que nunca llegó a pasar.
En cada hoja, habría momentos que parecían eternos y otros que duraron apenas un suspiro. Miradas que hablaban más que cualquier diálogo, abrazos que juraban quedarse para siempre… y ausencias que no necesitaron explicaciones. Una historia de amor de esas que no caben en una sola vida.
Y entonces, al llegar a la última página, el final estaría escrito sin metáforas:
Ella se fue, pero yo permanecí a su lado hasta que caí lo más abajo posible.
Porque así fue. Porque me quedé incluso cuando el amor ya no me sostenía, cuando todo a mi alrededor se venía abajo y su presencia se volvió ausencia disfrazada de costumbre. Me quedé cuando debí irme, por amor, por esperanza… por miedo a perder lo que ya no tenía.
Caí. Y no por ella, sino por mí. Por no saber cuándo soltar, por no escuchar mis propias grietas, por confundir lealtad con abandono de uno mismo.
Ese libro quizás nunca lo escriba, pero la historia vive en mí. Porque aunque ella se fue, yo sigo reconstruyéndome. Y aunque el final ya esté escrito, yo aún tengo páginas en blanco por llenar.
Continuará…
Deja un comentario