Hay momentos del día en que el mundo se detiene.
No por un ruido ensordecedor ni por un suceso extraordinario.
Se detiene… por ti.
Por tu forma de mirarme cuando no dices nada.
Por ese silencio tuyo que no incomoda, que abriga.
Y es ahí, justo en ese tipo de pausa, donde la noche se vuelve sagrada para mí.
Siempre he tenido una relación especial con ella. No porque me guste la oscuridad, sino porque aprendí a encontrarle la luz.
La luna ha sido mi confidente cuando no sabía cómo nombrar lo que sentía, cuando el pecho dolía más de lo que podía explicar.
Ella lo escuchaba todo.
Pero ahora… ahora es diferente.
Porque desde que estás tú, cada noche tiene un nuevo significado.
Tú llegaste y le diste sentido incluso al cielo.
No necesito buscar constelaciones para pedir deseos, porque mi deseo se me cumple cada vez que te veo dormir tranquila, cada vez que me dejas acariciar tu espalda mientras te entregas al sueño.
Te miro en silencio, como quien contempla algo frágil y valioso al mismo tiempo, y me digo que no necesito más que esto.
Esta calma.
Esta presencia tuya.
Esta vida contigo.
A veces, cuando estamos lejos y te echo de menos, no busco consuelo en palabras ni en canciones.
Subo la persiana, dejo entrar la noche, y allí está… la luna.
Y entonces te imagino también mirándola desde tu ventana.
Sé que parece infantil, casi cursi, pero me reconforta pensar que, aunque estemos en sitios distintos, los dos tenemos los ojos puestos en el mismo cielo.
Y eso nos conecta más de lo que cualquier distancia podría separar.
No sé si es tu forma de abrazarme sin miedo o tu manera de quedarte dormida en mi pecho como si el mundo ahí fuera no importara.
No sé si es la forma en que me escuchas cuando ni yo me entiendo.
Pero sí sé esto:
Que en mis noches, tú eres más que luna, más que sueño, más que deseo.
Eres mi verdad.
Y si alguna vez te lo preguntas, si alguna noche no puedes dormir y buscas respuestas entre pensamientos, recuerda esto:
Eres parte de cada uno de mis sueños.
Y si la luna supiera hablar, te contaría cuántas veces la he mirado, deseando que estés ahí, justo al lado, para compartir ese instante sagrado.
Porque mi mayor deseo no es tenerlo todo.
Mi deseo es ese que parece pequeño, pero lo cambia todo:
Estar contigo una noche.
Sin ruido, sin miedo, sin nada que nos separe.
Solo tú.
La luna.
Y tu mirada.
Buenas noches, amor. Que la luna hoy te arrope por mí.
Continuará…
Deja un comentario