551. El peligro de callar lo que duele

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Hay algo que aprendí demasiado tarde: guardar lo que sentimos no nos protege, solo nos entierra poco a poco. Durante años, creí que el silencio era una forma de fortaleza, que si no mostraba mis emociones, si no hablaba de lo que me dolía, el mundo no lo notaría… y yo podría seguir adelante. Pero no es verdad. Callar no es sanar. Y esconder no es superar.

Las emociones que no se dicen no desaparecen. Se quedan ahí, agazapadas, esperando el momento más inesperado para salir, a veces en forma de tristeza sin nombre, de rabia sin causa o de ansiedad que no sabes de dónde viene. Lo que no se expresa, se enquista. Lo que no se comparte, pesa el doble. Y lo que uno guarda durante demasiado tiempo, termina rompiéndolo desde dentro.

Yo fui de esos que animaban a todos mientras por dentro se caían a pedazos. De los que sonreían para evitar preguntas, de los que preferían cargar con todo antes que incomodar a alguien con su dolor. Pero aprendí —a base de golpes, de tropiezos, de noches en silencio— que hablar también es cuidarse. Que no es debilidad decir “me duele”, ni es egoísmo decir “necesito que me escuches”.

Expresar nuestras emociones no nos vuelve vulnerables, nos vuelve reales. Y en un mundo que muchas veces premia la apariencia y castiga la verdad, ser real es un acto de valor.

Hoy me permito sentir. Me permito llorar si lo necesito, enfadarme si es justo, mostrar mi tristeza sin esconderla detrás de excusas. Porque sé que en cada emoción hay una verdad que merece ser escuchada. Y porque al final, lo único que de verdad nos libera… es la sinceridad con uno mismo.

Así que si estás leyendo esto y llevas tiempo guardando cosas, si te pesa el pecho pero sonríes por fuera… solo quiero decirte algo: no estás solo. Y no tienes por qué seguir así. Habla. Escribe. Llora. Expresa. Porque solo cuando dejamos salir lo que duele, empezamos a curarnos.

Continuará…

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