Hay veces en las que uno se mira al espejo y no se reconoce, no porque haya cambiado físicamente, sino porque empieza a entender que mucho de lo que ha vivido —y de lo que ha perdido— no fue por falta de amor, sino por falta de comprensión. No hacia los demás, sino hacia uno mismo. Este texto no es una confesión ni una justificación, es un retrato honesto del caos emocional que puede habitar en alguien cuando se ve atrapado entre el sobrepensar y la alexitimia.
Vivir con sobrepensamiento es convivir con una mente que no descansa nunca. Cada palabra, cada gesto, cada silencio es analizado mil veces en busca de significados ocultos o consecuencias futuras. Amar desde ahí no es fácil: no porque no se quiera con intensidad, sino porque el miedo a perder, a fallar o a no estar a la altura convierte incluso el amor más sincero en una especie de campo minado emocional. Se intenta anticipar el dolor antes de que ocurra, se buscan señales de peligro incluso en los momentos más tiernos. Y eso, sin querer, a veces termina alejando justo aquello que se quiere proteger.
Ahora bien, la alexitimia… eso es otra batalla. Es querer decir “te necesito”, pero no encontrar las palabras. Es sentir un nudo en el pecho y no saber si es tristeza, rabia o miedo. Es querer abrazar, pero quedarse quieto. Es quedarse sin respuesta emocional ante momentos que deberían quebrar o conmover, y no porque no se sienta, sino porque no se sabe cómo expresar lo que se siente. Es frustrante. Es solitario. Es como tener un corazón con voz, pero sin idioma.
¿Y qué pasa cuando ambas cosas se dan a la vez?
Cuando el sobrepensar y la alexitimia coexisten en una misma persona, lo que se vive por dentro es un torbellino constante. Se siente todo, intensamente, pero no se sabe cómo procesarlo. Se analiza lo que se dijo, lo que no se dijo, lo que se debería haber sentido… pero no se consigue exteriorizar nada con claridad. Y así se vive: con una sobrecarga emocional interna y un aparente vacío externo. Quien lo sufre, se agota. Quien acompaña, también.
Se quiere amar bien, de forma plena, pero el miedo a equivocarse lo enreda todo. Se siente la necesidad de proteger al otro de uno mismo, de sus dudas, de sus reacciones lentas, de sus silencios incómodos. Y en ese intento de proteger, uno se esconde. Pero el amor no se construye desde las cuevas. El amor necesita luz.
Ahora, si me conoces y has leído todo esto, te darás cuenta de que YO soy esa persona.
Quiero amar y demostrar lo que siento, pero no sé cómo. Me pierdo intentando descifrar lo que la otra persona necesita, mientras yo mismo soy un enigma. Puedo pasar horas pensando si dije algo mal, si ese silencio suyo significa distancia, si estoy fallando… pero cuando me preguntan qué me pasa, no lo sé explicar. Y eso desespera.
Me esfuerzo por leer cada gesto, cada palabra, cada tono de voz, por miedo a equivocarme. Me anticipo a conversaciones que nunca ocurren, a problemas que tal vez no existen. Y en medio de ese ruido, tengo que luchar con un muro interno que no me deja expresar con claridad lo que siento.
Sé que a veces parezco distante. Que mis silencios confunden. Que mi torpeza emocional puede parecer desinterés. Pero no lo es. Lo que pasa es que lo siento TODO con mucha intensidad, pero mi forma de procesarlo y mostrarlo es diferente. Lo que para mí es miedo a fallar, para ti puede parecer frialdad. Lo que para mí es silencio para no estropear nada, para ti puede parecer distancia. Lo que para mí es pensar cómo no herirte, para ti puede parecer indiferencia.
No es que no ame. Es que amo tanto, que me cuesta saber cómo hacerlo sin romper nada.
A veces me paralizo, no por falta de sentimientos, sino por el miedo a no saber estar a la altura. Por eso, si alguna vez me notaste ausente, si pensaste que no me importaba, quiero que sepas que por dentro estaba luchando. Luchando por encontrar las palabras que no salían, por entender lo que me dolía sin saber de dónde venía, por no alejarme de lo único que me hacía bien.
Porque aunque no siempre sé amar como esperas, no hay un solo segundo en el que no lo esté intentando con todo lo que soy.
Y aunque parezca que estoy lejos, estoy aquí. Presente. Luchando en silencio. Amando a mi manera, sí… pero amando de verdad.
Esta es mi historia. O una parte de ella. He dañado a quien quise cuidar. He callado cuando debía hablar. He esperado señales que nunca llegaron, mientras ignoraba las que yo mismo no supe dar. Pero también he aprendido. A base de perder. A base de caer. A base de doler.
Y hoy lo digo en voz alta:
No todo el mundo sabrá cómo amarte cuando llevas todo esto dentro.
Pero quien lo entienda, quien se quede, quien decida aprender a leerte en tu idioma roto… ese es un regalo que no puedes dejar escapar.
Porque incluso en el caos, también hay amor. Y si aún no lo has visto, es porque no te has permitido mirar con ternura hacia dentro.
Continuará…
Deja un comentario