Anoche no fue una noche cualquiera. Lo supe incluso antes de cerrar los ojos, porque el silencio del hospital tiene otro peso, otra forma de quedarse pegado a la piel. Las luces tenues, las sábanas frías, el pitido lejano de las máquinas… todo estaba ahí como una promesa de insomnio. Sabía que iba a pasar, lo dije. Sabía que no sería fácil dormir cuando en unas horas todo cambiaría.
Y, sin embargo, pasó algo que hizo que todo fuese distinto.
Cada vez que me giraba, cada vez que mis pensamientos se aceleraban o la ansiedad quería hacerse un hueco, había una constante: una mano. Esa mano. La suya. La de J. No era un gesto grandilocuente ni nada planeado. Solo eso: una mano sosteniendo la mía. Pero qué forma tan sencilla y tan brutalmente hermosa de decir “estoy contigo”.
Porque hay noches que se recuerdan por lo que duele, y otras, como esta, que se recuerdan por lo que sostienen. Por lo que alivian sin decirlo. Por lo que calman sin prometer. Esa mano fue mi ancla cuando el miedo asomaba, cuando la mente intentaba llevarme a todos los sitios menos al presente. Fue un refugio, un consuelo, una certeza en medio del ruido interno.
Y ahí estaba ella, agotada por su propio día, pero sin quejarse, sin mirar el reloj, sin pensar en lo incómodo de una silla o en el cansancio acumulado. Estaba simplemente ahí, con esa forma suya de cuidar sin aspavientos, con esa forma suya de amar sin condiciones.
A veces uno piensa que necesita grandes gestos para sentirse amado, pero anoche entendí que, cuando alguien te quiere de verdad, te cuida en silencio. No hace falta más que una mano firme, un susurro, un beso en la frente y una presencia que no se va.
Hoy no sé lo que pasará. Pero sé que, pase lo que pase, anoche alguien me sostuvo cuando más lo necesitaba. Y eso… es muy grande.
En unas horas vuelvo.
Continuará…
Deja un comentario