566. Calma de verdad

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Estar vivo a veces se siente como un susurro. Entre el sueño y la vigilia, mientras la anestesia se desvanece lentamente, uno flota en ese espacio incierto donde el cuerpo aún no responde, pero el corazón empieza a recordar. Y ahí, en medio de ese vaivén extraño, me vino una frase tan clara que parecía escrita en lo más profundo de mí:

“Que te aceleren el corazón es bonito, pero que te lo calmen… es algo realmente increíble.”

En un mundo donde todo es prisa, donde las emociones suelen sacudirnos más que abrazarnos, encontrar a alguien que te calme por dentro es un regalo del que nadie habla lo suficiente.

Que alguien te mire y, sin hacer ruido, apague tus miedos.

Que alguien esté, sin que se lo pidas, y haga que todo ese caos mental se disuelva.

Que alguien te dé la mano —literal o emocionalmente— y no necesite más que eso para que todo parezca tener sentido.

Eso es amor. De ese que no necesita prometer, ni jurar, ni impresionar. Amor que cuida. Amor que sabe estar. Amor que entiende que no se trata solo de latidos acelerados, sino de respiraciones profundas y tranquilas.

Hoy, en este día tan especial, tan lleno de nervios, incertidumbre y vulnerabilidad… he sentido paz. Y no ha venido de las máquinas, ni de los calmantes. Ha venido de una presencia. De una certeza. De una calma que no se fabrica, que no se actúa. Una calma que nace de saberse querido de verdad.

Ojalá todos tuviéramos el privilegio de conocer lo que es eso. No solo el vértigo de amar, sino la serenidad de ser amado.

Hoy, más que nunca, entendí que hay personas que no solo llegan para acompañarte, sino que llegan para sostenerte.

Y cuando encuentras a alguien que sabe cómo calmarte el alma…

Quédate. Agradece. Y cuídala como lo más valioso.

Porque hay gestos que no se olvidan nunca.

Y hoy, entre la bruma del despertar… alguien me enseñó eso sin decir una palabra.

Continuará…

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