Anoche fue diferente. No porque el entorno cambiara, seguíamos en la misma habitación blanca con olor a hospital, con el mismo silencio punzante solo interrumpido por el pitido lejano de alguna máquina. Pero dentro de ese espacio frío, pasó algo cálido, algo tierno, algo que no necesita más adornos que la verdad: J decidió quedarse una noche más.
Compartimos una camita de hospital que, siendo sinceros, no está diseñada para dos. Pero ahí estábamos, apretujados, intentando encontrar una postura cómoda que no existía, riéndonos en voz baja para no despertar al resto de pacientes, con los pies fuera del colchón y los cuerpos pegados como si el frío del suelo fuera un monstruo al acecho.
Y en medio de esa incomodidad, de ese “cuadro” que seguro haría reír a cualquiera que nos hubiese visto… encontré paz. De esa paz de verdad, de la que te arropa sin necesidad de mantas, de la que no se compra, ni se pide prestada, ni se encuentra todos los días. Esa que llega cuando alguien elige estar, simplemente eso: estar.
Porque sí, compartir una cama de hospital no es glamuroso, ni romántico en el sentido clásico. Pero que alguien decida dormir ahí contigo, con la espalda encajada contra la barandilla y media pierna colgando, solo por no dejarte solo… eso habla más alto que mil palabras.
Nos quedamos dormidos abrazados, sin importar lo estrecho, lo duro del colchón o las horas que pasaban lentas. Y esta mañana, al abrir los ojos, supe que no había lugar más perfecto para despertar que ahí, con ella aún dormida a mi lado, con el pelo revuelto y una calma que hacía que todo el proceso vivido estos días tuviera sentido.
La vida se mide en momentos como este, aunque vengan vestidos de pijama de hospital y sábanas finas. Porque no importa lo grande que sea la cama si el corazón que te acompaña es inmenso.
Gracias, J. Por ser calor en el frío, por ser risa en el miedo y por hacer de una noche cualquiera, una que nunca voy a olvidar.
Continuará…
Deja un comentario