Hoy llegamos al pueblo como si el reloj se hubiera detenido por un rato. Fuimos a por ropa, sí, pero al final el plan perfecto fue ese: sofá, cuerpo con cuerpo, televisión encendida sin ver nada y un silencio que no necesitaba explicaciones. Dormimos uno sobre el otro sin decirlo, pero sabiéndolo: estábamos en paz. Estábamos en casa.
Y es que contigo, el descanso tiene otro significado. No es solo cerrar los ojos, es bajar las defensas, respirar hondo y dejarme caer sabiendo que me sostienes. Esa tranquilidad que me das… es tan hermosa, tan grande, que me asusta no saber estar a la altura, que un día la estropee sin querer.
Pero esta noche, mientras volvemos a compartir cama —esta vez sin hospital, sin batas, sin ruido de fondo—, solo quiero abrazarte más fuerte y decirte gracias. Por quedarte. Por elegirme en lo cotidiano, en lo simple, en lo real.
Si me vieras por dentro entenderías lo mucho que significas. Y aunque no siempre lo diga bien, aunque a veces mi cabeza me enrede en miedos absurdos, quiero que sepas que tú… tú eres esa parte del día que me hace sentir en casa.
Descansa, mi calma. Mi refugio. Mi suerte.
Buenas noches, J.
Gracias por quedarte. Y por hacerme sentir que puedo quedarme yo también.
Continuará…
Deja un comentario