572. Lo que callamos

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Nunca se callen.

Todo lo que nos guardamos, todo lo que decidimos no decir, no desaparece: se acumula.

Y lo hace en los rincones más profundos de nuestro cuerpo, donde no llegan las palabras ni los abrazos. Se convierte en insomnio, en ansiedad, en tristeza inexplicable, en nudos en la garganta que aprietan sin darnos cuenta.

Lo que no decimos, lo que evitamos por no molestar, por no incomodar, por no parecer débiles, no se muere.

Nos mata.

Despacito.

Nos va apagando por dentro mientras afuera seguimos sonriendo, como si nada.

Cuántas veces decidimos callar lo que sentimos porque no encontramos el momento, porque tememos la reacción del otro, porque creemos que no es tan importante, o peor… porque pensamos que no merecemos ser escuchados. Pero cada palabra tragada, cada emoción reprimida, es un grito que se queda dentro, un peso que termina rompiendo algo.

Las emociones no expresadas buscan una salida.

A veces lo hacen en forma de noches sin dormir.

Otras, como dolores sin causa aparente.

Y muchas, como tristeza disfrazada de “estoy bien”.

Hablar, soltar, escribir, llorar, gritar si hace falta… es sanar.

Y no, no siempre serás comprendido.

No siempre obtendrás la respuesta que esperas.

Pero te liberarás.

Y eso, a veces, es más importante que cualquier reacción.

No calles lo que te duele.

No te acostumbres a silenciarte para hacer más cómoda la vida de otros.

Porque lo que no decimos no se olvida, se transforma.

Y a veces, lo hace en lo que más daño nos causa: en nosotros mismos.

Continuará…

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